Rajoy presidente

Comienza un nuevo tiempo político para España bajo lo presidencia de Mariano Rajoy que ha recibido la confianza del Congreso de los Diputados y en cuestión de horas jurará o prometerá ante el Rey el cumplimiento de sus nuevas funciones constitucionales como presidente del Gobierno. Un título y un honor alcanzado por Rajoy tras ochos años al frente del primer partido de la oposición al Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero. Un expresidente que deja tras de sí una mala herencia por su gestión, división de los españoles, temerarias y erróneas decisiones y falta de capacidad para abordar los problemas nacionales y los sobrevenidos de fuera de nuestro país, lo que obliga al nuevo presidente a un esfuerzo de dedicación política, audacia y buen hacer como los que fueron necesarios en los momentos más difíciles de la transición.

Rajoy ha ganado la presidencia y el Gobierno de la Nación y no solo sobre la base de los muchos errores y disparates del Ejecutivo de Zapatero, como pretenden algunos, sino porque ha construido una alternativa creíble y seria que ha merecido la confianza de una gran mayoría de ciudadanos. Y lo ha hecho desde los bancos de la oposición frente al inmenso poder que en este país, donde no hay separación de poderes del Estado (ni de los fácticos que se suman al festín de cada gobierno), suele acumular el partido gobernante; y también frente a una oposición interna (política y mediática) que desde el interior del PP pretendió destruir y suplantar el liderazgo y el centrismo de Rajoy en pos de ambiciones personales desmedidas y ajenas a la voluntad democrática de los militantes del Partido Popular, y defensoras de políticas extremas y ultra conservadoras –ligadas a intereses y personas ajenas al PP- que promovían el abandono del centro político, sin el cual nadie, desde la izquierda o la derecha, ha conseguido ganar las elecciones en España.

De ahí el alcance y el mérito del triunfo de Rajoy –”el que resiste gana”, decía Camilo José Cela- y por ello también la confianza y la esperanza que millones de ciudadanos han depositado en él para que gobierne España en estos tiempos de grandes dificultades, en autonomías y en ayuntamientos, ofreciéndole un enorme poder político y por supuesto una responsabilidad histórica a la vista de los desafíos que deberá de afrontar. Y no solo en el campo de la economía, las finanzas y el paro que sin duda son la prioridad, sino también en el de la cohesión nacional, la acción exterior, convivencia ciudadana y necesaria reforma y regeneración de la vida democrática,  incluida la cuestión del final de la violencia de ETA, de la que Rajoy dijo en respuesta al portavoz del PNV, Erkoreka, “espero que podamos arreglar este asunto de manera definitiva”, lo que ya es bastante decir, al tiempo que le exigía al representante de Amaiur, Antiguüedad, que “debe perseverar en la disolución de ETA”.

Para todo ello el presidente Rajoy, que ha acreditado un conocimiento político y técnico de los problemas a los que se enfrenta, va a necesitar de un buen gobierno y equipo presidencial, y de una voluntad de reformas y decisiones urgentes como las anunciadas en el debate de investidura y las que habrá de adoptar ante la evolución de los acontecimientos que en el campo de la economía y especialmente en el de la deuda nacional pueden ser graves y definitivas. Para ello Rajoy ha ofrecido diálogo y ha pedido el consenso a los primeros partidos de la oposición y a la vista de los primeros ofrecimientos que le han llegado desde el PSOE cabe imaginar que en estas cuestiones urgentes y de interés nacional se podrán lograr acuerdos, aunque las diferencias aparecerán en otros capítulos como el de la reforma laboral y el gasto social. Como habrá tensiones con las minorías nacionalistas e instituciones del Estado por más que todos conocemos que de la dramática situación en la que nos encontramos los españoles difícilmente se podrá salir sin la cohesión nacional.

Podemos imaginar la emoción que ahora embarga a Rajoy al asumir la presidencia de la Nación y los recuerdos y sinsabores del largo camino que ha recorrido hasta alcanzar esa posición. Pero a partir de ahora Rajoy es el presidente de todos los españoles –”no hay españoles buenos y malos”, dijo en su investidura- y como tal debe comportarse y actuar respetando a las minorías y primando a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Sin perder de vista en todo ello su compromiso con “la verdad” y la libertad de expresión –que también merece una atención especial-, y haciendo gala de esa “independencia” de la que presume frente a los profesionales de los poderosos “intereses creados” y grupos de presión que habitualmente se ubican a la sombra del gobierno de la Nación.

Rajoy sabe que se embarca en esta “Tierra de fuego” en pos de una travesía que tiene su primera prueba en el “Cabo de Hornos” de la deuda nacional y ya está en el puente de mando del viejo galeón español y con la mano en el timón. Le deseamos acierto y le prometemos seguimiento y el control de la que será su acción de gobierno de acuerdo con la función democrática de contrapoder que en toda democracia tienen los medios de comunicación.