Rajoy, tecnócrata del PP o presidente demócrata

La grave situación económica y social de España no puede ser el solo argumento y el parapeto desde el que Mariano Rajoy lidere el ejercicio del inmenso poder –nacional, autonómico y local- que los ciudadanos le han otorgado en las urnas, huyendo de esa gran e histórica catástrofe que ha invadido este país bajo el mandato de Rodríguez Zapatero y con la pasividad y complicidad del PSOE.

En la crisis internacional, en el despilfarro y caótico crecimiento español sobre la especulación inmobiliaria y en el mal gobierno de Zapatero están las principales causas del deterioro nacional, pero no las únicas. Las malas e injustas reglas democráticas que han permitido, por ausencia de controles y separación de poderes, este tiempo demencial y la bacanal y promiscuidad -que ahora pretende reorganizarse a la sombra del PP- entre los poderes del Estado y los fácticos financieros, empresariales de grandes grupos de comunicación para tapar abusos, y repartir privilegios, también están en el origen del desastre nacional y de los cuantiosos daños causados a la identidad y la cohesión nacional, sometidas a los indecentes chantajes de unas minorías nacionalistas que viven de España para romper con España.

Por ello, si Mariano Rajoy sólo nos habla hoy en su discurso de investidura de la crisis y del lujoso tren europeo de la unión fiscal que no hay que perder por nada del mundo, con ese lenguaje de los tecnócratas que “los mercados” han colocado en los gobiernos de Italia y Grecia por indicación de la señora Merkel, y nos dice eso de “la altura de miras” y que “España es una gran nación” al mismo tiempo que pide sacrificios y anuncia drásticas medidas. Si ese es, por obligado que parezca, el único discurso de Rejoy y se deja de lado la política y la democracia mal vamos a empezar, por mas que empeorar la herencia de Zapatero es algo muy difícil de imaginar.

Ya sabemos que Rajoy es persona de pocas palabras y silencios misteriosos que muchos interpretan como señales de astucia que esconden a un gran político que lleva ocho años esperando su momento para descubrir su capacidad liderazgo y hacer públicas sus firmes convicciones democráticas que algunos atisban en su insistente declaración de “independencia” de todo lo demás. Pero España no es solo nación e Historia sino ciudadanos, lo que sin duda olvidó José María Aznar cuando nos metió de bruces en la guerra de Irak, mentirosa y fracasada, con la que el soberbio líder del PP, negando el sentir de la inmensa mayoría de los españoles, nos legó la pesadilla de Zapatero.

Rajoy debe hablar de economía, paro y de Europa, por supuesto, pero también de política, de cohesión nacional frente a la locura de los nacionalistas, y de libertades públicas y de Justicia contra la corrupción (“urdangarines, gürteles y campeones”, incluidos), como de Justicia social, y del pretendido final terrorismo de ETA, y de los abusos del sistema financiero que pide un “banco malo” para que todo siga igual, y de los gobernantes irresponsables y los medios de comunicación partidistas y ajenos al interés nacional, que también piden el socorro del gobierno a cambio de obediencia y una sumisión al nuevo poder que se completaría con la llegada de las “huestes” del PP a los medios estatales.

Tecnócrata conservador o político demócrata, esa es la cuestión. Y algo de esta disyuntiva se verá en el discurso de investidura de Rajoy, en su programa y equipo de Gobierno y en las maneras y niveles de transparencia con las que piensa gobernar. El tiempo del silencio y del ocultismo se ha acabado, ahora llega la hora de hablar claro y de gobernar.