Rajoy en el ojo del huracán

No estamos en una situación de “jaque” al Rey pero si en tiempo de avisos y tensiones sobre los que conviene meditar y prevenir antes que lamentar daños posteriores. Y la mejor medicina en estos casos es “más democracia”, por mas que la tentación de los gobernantes de turno –y el turno cambia ahora a favor del PP- sea la ley del silencio, el mirar hacia otro lado y ejercer el poder –el inmenso poder del que dispone el PP- al margen de la sociedad y sobre la base de sus recientes triunfos electorales conseguidos en buena lid pero también al albur de una grave crisis financiera y social internacional, y por el estrepitoso fracaso de los gobiernos de Zapatero y el PSOE. Pero ni la crisis internacional y tampoco la pésima herencia de Zapatero le van a permitir a Rajoy escapar de su tiempo y su responsabilidad que se iniciará el mismo día de su investidura a sabiendas que ese estreno lo coloca en el ojo del huracán.

En estas circunstancias y por los últimos acontecimientos y los que están por venir se entiende que El Rey don Juan Carlos esté preocupado por la situación general de España –como se lo está transmitiendo a los dirigentes políticos en el turno de consultas parlamentarias para la investidura de Rajoy-, como también está muy preocupado por el caso Urdangarin. Y aunque más bien tarde, y a remolque de los acontecimientos, el monarca y el Príncipe de Asturias están reaccionando. Primero apartando a Urdangarin de todos los actos oficiales de la Familia Real, luego aceptando una mayor transparencia sobre el uso de fondos públicos destinados a La Corona, y ayer mismo hablando de la necesidad de modernizar la Institución monárquica como lo ha subrayado el Príncipe de Asturias en un acto oficial donde declaró que La Corona se debe “adaptar a los tiempos en que vivimos”.

La Casa Real es sensible a los acontecimientos y al sentir de los ciudadanos españoles, y sabe que la crisis social facilita como  una válvula de escape el discurso del republicanismo ideológico radical como el que exhibe Cayo Lara desde IU, rompiendo el pacto del PCE con La Corona durante la transición. O como lo jalean formaciones nacionalistas independentistas en contra de la Monarquía constitucional que existe en España, país del que se quieren separar, lo que incluye una clara contradicción.

Todo esto, agitado por el escándalo de Urdangarin y sumado a los varios escándalos de la corrupción y abusos que hoy inundan los tribunales como ocurre con Gürtel, Garzón o Blanco, o los casos judiciales de banqueros y altos empresarios o las indemnizaciones demenciales de los gestores de banca que han arruinado cajas de ahorro y bancos, está provocando la imagen de una olla a presión política y social. La que puede alcanzar niveles incontrolables si como, nos avisa Rajoy, el nuevo gobierno da un severo hachazo al gasto social y provoca la reforma en profundidad del mercado laboral (ayer el presidente de la CEOE pedía el despido de los funcionarios), mientras no cesa de crecer el número de parados, y el Ejecutivo se prepara para volcar miles de millones en favor de la consolidación del sistema financiero, hoy sumido en crisis de liquidez e incapaz de ofrecer crédito para facilitar el crecimiento y el empleo.

En estas circunstancias, la tentación del nuevo Gobierno es la de priorizar la economía por encima de todo y aparcar la política y el deterioro democrático que sufre el país y que está pidiendo no ya una “regeneración” sino una reforma democrática en profundidad que incluya la ley electoral y la garantía de la separación de los tres poderes del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial) así como la independencia de la Justicia y de los medios de comunicación (los públicos y los privados), para que existan controles al poder Ejecutivo que en este caso y este tiempo será muy grande porque el PP disfrutará del gobierno nacional, de muchos gobiernos de las Autonomías y de los principales ayuntamientos del país.

La cuestión de la reforma democrática es esencial pero ocurre que el nuevo Gobierno de Rajoy pretende utilizar la crisis económica como el escudo oportuno para aparcar todo lo demás, y en cierta manera (pero no en todo) tiene razón si los españoles queremos estar dentro del tren europeo de la unión fiscal, al que la señora Merkel se niega a dar suficiente combustible financiero para que arranque sin dificultad. Y sabemos que la UE exige ajustes y que la actual crisis de la banca y cajas españolas es otro polvorín que habría que blindar y evitar su estallido, y que de la recuperación de la banca se puede pasar a una incipiente circulación del crédito y algo decrecimiento y de ofertas de empleo, lo que tampoco está garantizado y menos aún cuando los mercados vuelven a la carga contra la deuda de España e Italia.

De manera que estamos en un laberinto sin salida porque a más ajuste social y ayudas a los bancos mayor excitación popular. Y a menos y peor democracia, pluralismo y transparencia informativa más ruido y más riesgo de desestabilización institucional y daños crecientes a la cohesión nacional. Por lo que no basta con avanzar en una sola dirección sino que hay que hacerlo en varias a la vez, aunque la tentación del nuevo gobierno sea “ponerse una vez rojo, al inicio de la legislatura, en vez de ciento amarillo”. Un cálculo que parece lógico y audaz si no se rompe la cuerda que tira del barco español para sacarlo del ojo del huracán.