Zapatero, “el guerrero del antifaz”

En contra de lo que ha hecho la canciller de Alemania Angela Merkel ante la guerra de Libia, el presidente Zapatero se ha metido de bruces en esta guerra contra el coronel Gadafi porque cree que a él y a su partido este conflicto le benefician política y electoralmente porque “adorna” su protagonismo internacional agarrado a la levita de Sarkozy, suspende la pre campaña electoral de los comicios de mayo, y aparca en un segundo plano la crisis económica y de su sucesión en el PSOE. Y todo ello con el consabido discurso de la guerra humanitaria, su disfraz habitual que le hace acreedor a Zapatero del título legendario del cómic español de “El guerrero del antifaz”.

Con lo que no cuenta Zapatero es con la fama de belicista que le otorga su decisión de meter a España en la guerra y los efectos “colaterales” que ello puede tener en un país que por lo general es contrario a la participación de España en cualquier conflicto armado. Y para subrayar todo esto el líder de la oposición Rajoy y el portavoz de IU Llamazares se esforzaron ayer en hablar, respectivamente, de la guerra y del belicismo de Zapatero. Lo que sumado a su vuelco en la política económica y social por la crisis financiera deja el pretendido progresismo político del líder del PSOE en almoneda y en franca contradicción con lo que ha sido hasta hace poco su presidencia e izquierdismo de salón.

Si a ello añadimos la declaración de Zapatero afirmando que no se pretende derrocar a Gadafi (sic), que los ataques solo van a durar un mes, y el caos de los aliados sobre el mando del ataque, veremos que este conflicto armado podría acabar muy mal para los aliados y con la victoria de Gadafi, que es lo que temía Merkel y lo que presienten los Estados Unidos cuando afirman que están dispuestos a pasar el mando de la operaciones a Francia o a la OTAN.

Y todo esto y una vez pasadas las primeras emociones y el espectáculo del ataque inicial aliado, empieza a provocar en los ciudadanos españoles no pocas inquietudes y otras muchas interrogantes en las que se incluyen el qué hacer, por ejemplo, en Yemen si se declara otra guerra civil, y no digamos ante nuevas oleadas de protestas en Marruecos o Argelia

Salvo el discurso de que la guerra de los aliados contra el ejercito de Libia trata de impedir que las tropas de Gadafi bombardeen a ciudadanos civiles que residen en ciudades controladas por tropas rebeldes, todo lo demás tiene muy difícil explicación y peor justificación. Sobre todo una vez que los aliados afirman que no quieren derrocar a Gadafi, en contra de lo que decían de Ben Alí o Mubarak, tanto en Túnez como Egipto, los líderes occidentales que exigían su salida del poder.

Si a ello añadimos el deterioro del prestigio de la OTAN, que ha sido marginada del inicio del conflicto, veremos que la furia guerrera de Sarkozy, seguida a regañadientes por Washington y Roma y de una manera entusiasta por Cameron y Zapatero, puede acabar de mala manera si finalmente el coronel Gadafi permanece en el poder y se presenta como el ganador de la contienda, enseñando a otros dictadores del mundo árabe que la manera de acabar con la revuelta de sus ciudadanos es usando la represión militar, lo que dejaría a las democracias de Occidente en una situación imposible de controlar.