Zapatero sufre alucinaciones

La caída del presidente Zapatero se prolonga inútilmente en el tiempo causando un daño irreparable a la nación y a la imagen de España en el mundo y los mercados financieros, y destrozando a su partido el PSOE, al que le pide que se inmole con él -como si se tratara de un pintoresco faraón- en las elecciones regionales y municipales del mes de mayo, diciendo que todo esto lo hace ¡por España!

Cualquiera que hubiera escuchado el discurso que Zapatero lanzó ayer en la Convención de su partido celebrada en Zaragoza puede pensar que el presidente del Gobierno español sufre alucinaciones y está necesitado de una asistencia médica o psicológica. O que padece un ataque de doble personalidad porque el pobre hombre no recuerda ni reconoce nada de lo que ha hecho su otro yo, el verdadero Zapatero, en los pasados siete años de su presidencia.

Porque hay que tener muy poca vergüenza política o una pérdida absoluta de la memoria para que este Presidente del Gobierno, tal y como ocurrió ayer, se nos aparezca envuelto en la bandera de España y declare que todo lo que hace lo hace ¡por España!, aquí incluida -y sin mencionarla- su propia inmolación y su salida del poder, que pretende retrasar todo lo que pueda y le consientan en el PSOE, donde ya le cantan responsos y misereres -“el mejor socialista conocido”, dice Blanco desconsolado y perturbado-,y donde se habla de él como alguien que pertenece al pasado pero que se agarra al presente con uñas y dientes mientras se cuece a fuego lento, en compañía de su partido.

Zapatero se llenó ayer la boca de España, todo por España -sólo le faltó repetir el lema de la Guardia Civil “todo por la patria”-, sin recordar que él mismo fue quien dijo que “la nación española era discutida y discutible”. Defiende el Estado de la Autonomías que el mismo ha destrozado con el insolidario e inconstitucional Estatuto catalán, luego rectificado por el Tribunal Constitucional. El mismo estatuto y la misma sentencia que le impiden hablar de “la cohesión nacional”, olvidando también que ofreció a ETA en Loyola el derecho de autodeterminación o “a decidir”, o que ha reabierto inútilmente las heridas de la Guerra Civil española.

Y con la misma desfachatez o pérdida calculada de la memoria el presidente Zapatero presenta el pacto social de las pensiones y de la reforma laboral como su triunfo político, y no como mal menor para contrarrestar a sus graves errores de gobernante que negó la crisis y que tardó mas de dos años en reaccionar, dejándonos entre otras cosas la tremenda cifra de los 4.700.000 parados –camino de 5 millones-, a los que ahora promete consuelo de los dirigentes de su partido a quienes ha pedido que se ocupen “¡uno a uno!” de los parados como si los gobernantes, dirigentes y militantes del PSOE fueran devotos de Cáritas o de algo parecido.

Zapatero ha perdido la cabeza y está empeñado en llevar España al desastre y a su partido a una hecatombe nunca vista desde el inicio de la transición. Les ha dicho a sus dirigentes que olviden las elecciones del mes de mayo, que tienen aterrorizado a todo el PSOE, y se dediquen a hablar y a trabajar ¡por España!, como si fuera uno de esos predicadores que jalean a sus fieles para que salven a la Humanidad.

Y por supuesto exige a sus compañeros que no hablen de lo que llama los problemas internos del PSOE, es decir de su retirada y de su sucesión. Pero en este caso no por España sino porque -y ese es su verdadero “yo”- todavía espera un milagro con el que se pueda salvar. Por ello pretende dejar la cuestión sucesoria para el otoño, como reveló días atrás y con aviesa intención el ministro Jaúregui para estropear a Zapatero la operación. Porque Jaúregui, el alfil de Rubalcaba, necesitaba denunciar el plan para que los barones socialistas exijan, como ocurrió, a Zapatero que adelante su anuncio de su salida del poder a próximos días o semanas pero antes de las elecciones de mayo.

Pero el presidente se resiste, busca la foto de la paz social, espera los elogios obligados de la señora Merkel, cree que los mercados se han cansado de atacar al enfermo sistema financiero español, y juega sin el menor convencimiento a echar en cara al PP de Rajoy las críticas al sistema autonómico que lanzó Aznar. Zapatero está acabado y en su patético final se agarra a la bandera de España que ha dejó hecha jirones, como está dejando su partido al borde de una crisis de liderazgo e identidad nacional (véase el PSC en Cataluña) y camino de una gigantesca derrota electoral. Y no por la eficacia y el liderazgo de la oposición de Rajoy sino por los 4.700.000 parados que no sufren alucinaciones como Zapatero y saben muy bien a quién no hay que votar.