El ejemplo Obama y la bronca española

Habla un speaker del Congreso: “Señoras y señores, el presidente de los Estados Unidos de América“, y el presidente Barack Obama entra en la Cámara del Capitolio para pronunciar el discurso de la Unión, y es recibido con aplausos por todos los Representantes y los Senadores demócratas y republicanos puestos en pie y que, en esta ocasión, se han sentado juntos y mezclados para ofrecer a la nación la imagen de un país unido frente a los duros desafíos de este tiempo. El que Obama llamó “momento Sptunik”, en alusión a la crisis que se abrió en 1956 cuando la URSS lanzó el primer satélite espacial y los Estados Unidos temieron ser superados por su adversario, tal y como lo temen hoy frente a China aunque en tiempos de paz y sin la”guerra fría”.

¿Se imaginan en España algo así? Cuando además en nuestro país la crisis económica y social nos tiene al borde del abismo, porque no estamos luchando por liderar nada en nuestro entorno europeo sino por salir del liderazgo del paro, y del riesgo de intervención y rescate de nuestro sistema financiero.

En España los grandes discursos y la alta política no existen. Y el Parlamento es la caja de resonancia de una permanente bronca política, irresponsable y con aires burlescos y barriobajeros, entre gobernantes y diputados o senadores de la mayoría y la oposición que nadan entre privilegios, y que son incapaces no ya de sentarse juntos sino de pactar algo importante para la nación. Para colmo en el Senado los parlamentarios españoles se niegan a utilizar el idioma castellano del Estado para hablar entre ellos, poniendo de por medio una traducción simultánea en cinco lenguas regionales, lo que además de un gasto inútil supone un claro desprestigio para la cohesión nacional.

Ayer el Congreso de los Diputados vivió una nueva sesión bronca de control al Gobierno, con una oposición del PP que critica pero que ni pacta ni propone nada, y con un Gobierno que no responde ni gobierna, y que se dedica al trapicheo y la compra de los votos de diputados nacionalistas, a cambio de ventajas del Estado a sus ruinosos gobiernos autonómicos. Lo mismo que el Gobierno hace con unos sindicatos irresponsables que no cesan de amenazar con una revuelta social o una huelga general, mientras no paran de destruirse las empresas y puestos de trabajo. Y algo parecido se vislumbra en el sistema financiero donde máximos responsables de las Cajas de Ahorros, llegados a esos cargos desde la más clara mediocridad e incompetencia de la política, se niegan a perder sus privilegios a pesar de tener sus instituciones en la ruina.

Es verdad, que el prestigio político e intelectual de Obama –al que algunos insensatos han querido comparar con Zapatero- y la alta cualificación de su Gobierno marcan unas distancias insalvables con nuestro presidente Zapatero y su”colegio” –nunca mejor dicho- de ministros, sus errores, sus mentiras y sus rectificaciones en cadena sobre la crisis económica, la unidad nacional, y muchos desbarajustes acumulados en los últimos siete años. Un escenario lamentable que explica el lugar en el que nos encontramos, y al que hay que añadir la fotografía flamenca y eufórica – ¿de qué se ríen los dirigentes del PP?-, de la reciente Convención sevillana del primer partido de la Oposición donde no se presentó ni una sola propuesta o pacto para abordar los problemas, salvo pedir las elecciones anticipadas porque las encuestas les van bien.

En España no hay liderazgo político alguno, en el Gobierno o en la oposición, y nadie pronuncia un discurso de altura en el que se digan frases como las pronunciadas por Obama ante el Congreso:”Tenemos que ganarnos el futuro que nadie nos va a regalar”; o: “Los desafíos que tenemos por delante son mas grandes que los partidos y la política. Lo que está en juego no son las próximas elecciones sino la posición de los Estados Unidos, no como un lugar en el mapa sino como un faro para el resto del mundo”; “El pueblo americano quiere que trabajemos juntos”, concluyó.

Y ¿acaso no quiere lo mismo de nuestros dirigentes el pueblo español? Seguro que sí, pero nadie en la política está por la labor.