Cita a ciegas en Moncloa

Ha tocado Zapatero su olifante como Roldán en Roncesvalles para pedir socorro desde el siniestro palacio de la Moncloa a los grandes empresarios de España a los que pretende utilizar como escudo protector de su desastre y de la mala imagen de España en el mundo financiero internacional, y a la vez hacerlos cómplices de sus errores y desvaríos. Algo parecido a lo que este presidente a la deriva quiere hacer con el PP y con Rajoy cuando les pide que les arrimen el hombro a su política económica mala, tardía y de ocurrencias o improvisaciones con la sola intención de contaminarlo y de hacerlo corresponsable de lo mucho y poco bueno que está pasando en España. Y hace bien Rajoy en taponarse lo oídos y no escuchar el sonido del cuerno de la ruina que suena en Moncloa porque este personaje que nos gobierna, o desgobierna, quizás pretende como un enloquecido faraón llevar a su tumba política a todos los dirigentes de España, además de haber hundido al PSOE como pronto se comprobará en las elecciones catalanas.

Los que no pueden hacer oídos sordos del olifante monclovita son estos selectos y poderosos presidentes de las más grandes empresas del país porque si no acuden a esta cita a ciegas, de la que nadie sabe lo que puede salir, podrían ser objeto de múltiples represalias en una economía como la española que sigue siendo intervencionista. A los banqueros les pueden subir el coeficiente de caja, a los comerciantes el IVA (otra vez), a los de las eléctricas no pagarles lo que les debe, a los constructores reducir las obras públicas, a los del automóvil no darles nunca más cheque de ayuda a las ventas, a las telecos subirles las tarifas etcétera, etcétera.

A cuento de qué tanta pompa y oropel. Puede que a Zapatero le dé cierto miedo quedarse a solas en ese espantoso palacio en la jornada previa y de reflexión de las elecciones catalanas, donde se va a iniciar el inicio de su hundimiento (y el del PSOE) en esta cita con las urnas. Puede que con este guateque de poderosos y ricos –y sin damas-, quiera Zapatero transmitir una imagen de fortaleza y unidad con el gran empresariado español una vez que no consigue el apoyo de la gran oposición intentando borrar la imagen de su soledad. O puede que incluso esté intentando transmitir a sus bases y al conjunto de la sociedad que no está en retirada y que el que manda es él y no Rubalcaba, al que acaba de estrellar en el penoso Rally sahariano de Rabat al Aaiún.

Menos reuniones y más decisiones es lo que necesita este país. Es decir que alguien con credibilidad –cualidad que no tiene Zapatero- coja el toro negro de la crisis por los cuernos, diga toda la verdad y lidere las reformas que se hacen necesarias, cortando por lo podrido para colocar al enfermo en la vía de su necesaria salvación y acabar con los equívocos y la angustia que se ve en el rostro apenado de la vicepresidenta económica, Elena Salgado, que ayer se reunió con las ruinosas Comunidades Autónomas para decirnos que la cosa del déficit regional va por buen camino.

Para un pretendido político de izquierdas lo lógico sería que antes de reunirse, por enésima vez, con los poderosos, el presidente hablara con los empresarios de las “pymes”, medianas empresas y autónomos que son los que están en el ojo del huracán. Pero desde que se convirtió a la religión de los mercados el pasado 9 de mayo, este presidente que tapa a Mohamed VI, ha perdido el diálogo con los sindicatos, aplaude la guerra de Afganistán y la expulsión de los rumanos de Sarkozy, y que le entrega a los del PNV todo lo que le pidan hasta el museo del chacolí, se nos ha hecho de derechas –“me cueste lo que me cueste”, dice sollozando- y ha dejado a sus militantes y votantes en el mayor de los desconciertos y confusión.

Ya citó a ciegas en la Moncloa a Tomás Gómez para pedirle que le dejara el liderazgo de Madrid a Trinidad Jiménez y se equivocó. Veremos qué pasa este sábado en esa multitudinaria y empresarial reunión y si entre los invitados alguno se atreve a decirle en la cara al presidente todo lo que los grandes empresarios suelen decir de Zapatero en privado, lo que sería de extrañar por la cuenta que les trae. Con el riesgo y el agravante para esta llamativa cita de que si tras ella los mercados vuelven a atacar la deuda española y el riesgo España se reactiva en el campo financiero la cita a ciegas de los poderosos no servirá para nada espectacular como era de esperar. Y los invitados se irán –murmurando entre ellos la debilidad y el desconcierto de su anfitrión- a esperar en sus casas los resultados de las elecciones catalanas en las que Zapatero se juega mucho, después de haber apostado por el tristemente famoso estatuto catalán. Y entonces, con los resultados de los comicios catalanes sobre la mesa y la cabeza de Montilla en una pica junto a la de Maragall, el olifante de la Moncloa ya no sonará y el presidente derrotado se refugiará en su sonora soledad.