Hay que salir de Afganistán

No es la primera vez que pedimos la retirada de las tropas españolas desplegadas en la guerra de Afganistán donde ya han perdido la vida noventa y seis soldados hispanos, y ahora lo volvemos a reiterar –Holanda no hace mucho que retiró sus tropas- porque esa guerra que no es una misión de paz ni de reconstrucción del territorio afgano, no tiene nada que ver con España y sí con los intereses estratégicos y económicos que se esconden bajo el discurso de la lucha contra el terrorismo y la seguridad occidental.

Y porque en ese país, marcado por la corrupción, la falta de libertades, el tráfico de opio y la permanente violación de los Derechos Humanos, no se vislumbra ni la paz ni una salida razonable al conflicto y nada justifica seguir un día más en una guerra que los Estados Unidos dirigen, en compañía de otros países miembros de la OTAN, y que no va a concluir con una clara victoria militar sino mas bien con una batalla fracasada que recuerda a Vietnam. Dejando tras de sí un país al borde de la guerra civil como ha ocurrido en Irak donde ayer mismo se produjo otra masacre de ciudadanos inocentes en atentados terroristas que son el preámbulo de enfrentamientos mayores, justo a los pocos días de la retirada de la últimas tropas de combate que Estados Unidos aún tenía en ese país.

Ahora la muerte de dos instructores de la Guardia Civil, José María Córdoba y Leoncio Bravo, y del intérprete español Atoallah Taefi, ponen de relieve las dificultades de esta misión de guerra –que no de paz, insistimos-, los fallos de la seguridad y servicios de información y la revuelta popular contra la base española donde fueron heridos veinte civiles y que pudo haber acabado en una masacre, pero que sobre todo demuestra que los soltados españoles, al igual que sus compañeros de los países aliados, son vistos en ese país no como soldados amigos sino como tropas de ocupación, lo que constituye otro elemento más y otro argumento para forzar la retirada de las tropas españolas de semejante conflicto.

Y además no caben argumentos de relaciones con los aliados porque España -ya está dicho más de una vez- no es una potencia militar ni económica (y menos en nuestras actuales circunstancias de crisis) como para andar guerreando en esas latitudes donde es conocido el interés estratégico de las superpotencias y los intereses económicos de minas y petróleo que “adornan” esta guerra como también pesaban en Irak. Y aunque semejante conflicto haya recibido el visto bueno de la ONU en realidad está en las mismas circunstancias y coordenadas de la guerra de Irak, por lo que Zapatero no está en condiciones de justificar este despliegue y su intempestiva retirada de Iraquí, país a donde por cierto España ha enviado instructores de la Guardia Civil del mismo cuerpo al que pertenecían el capitán y el alférez ahora muertos en Afganistán.

Ahora vendrán más fotos –de su álbum inagotable- de la ministra Chacón en busca de los cadáveres, honras fúnebres, condecoraciones a los muertos y muchas palabras de consuelo a sus familiares y amigos. Pero a sabiendas todos de que estos dos soldados de España no serán los últimos en morir en esa guerra inútil sobre la que guardan un espeso silencio el PSOE, el PP y casi todos los partidos de la oposición que apoyaron en su día semejante despliegue camuflado de misión de paz. Lo que debería obligar a los diputados de esos partidos a compartir, en turnos rigurosos, las “experiencia” de los soldados que ellos han enviado a esa guerra llena de trampas y de mentiras –como la de Irak-, para contentar a Washington y a otras potencias militares que son las que de verdad tienen intereses en la zona. Y las que camuflan la guerra con el argumento de la lucha anti terrorista que ya ha fracasado en Irak.

Si alguien preguntara –por ejemplo el CIS- si los españoles están a favor o en contra de la retirada de nuestras tropas de Afganistán, el resultado de la encuesta sería claro a favor de la salida de España de semejante conflicto que en muy poco se diferencia de la guerra de Irak. Y que constituye un baldón y una contradicción flagrante para los socialistas, a la vez que vuelve a dejar en evidencia el ardor guerrero del PP, siempre a las órdenes de los Estados Unidos aunque sea en contra del interés general español, y naturalmente todos jugando con vidas ajenas como las que se acaban de perder.