Un debate para nada

El acontecimiento más grave de los últimos meses ha sido el ataque de los mercados internacionales a la deuda española, con motivo de la crisis de Grecia, que obligó al presidente Zapatero a un cambio radical de su política económica y social. Pero ese vuelco que se anuncia insuficiente y esconde el verdadero nivel de la crisis del sector financiero español, público y privado, no tuvo consecuencias en el ámbito político, a pesar de la debilidad parlamentaria del gobierno y de su pésima mala fama dentro y fuera de España, con Zapatero a la cabeza. Y vamos a ver si el presidente aborda, por lo menos y como debiera, la reforma en profundidad de su equipo ministerial. Tiene ante sí los días o las semanas más propicias para ello, cueste lo que le cueste (como ahora le gusta repetir), lo que sería una cierta respuesta a los errores de la crisis.

La ruptura del pacto social del gobierno con los sindicatos por la reforma laboral y por los ajustes sociales del déficit público, así como el anuncio de la huelga general que ha echado a Zapatero de su habitual mitin minero de Rodiezmo, constituye quizás una o casi la única consecuencia política de la crisis, pero limitada a la relación del gobierno y del PSOE con los sindicatos. Y ya veremos si finalmente se derivan otras consecuencias de la huelga general, donde los sindicatos también se van a jugar mucho, como se vio en el fracaso de la huelga de funcionarios, o como se ve en la indignación de la huelga soterrada de los desvergonzados controladores aéreos, o en la reciente huelga salvaje del metro de Madrid, porque los ciudadanos no están para soportar más problemas de los que ya sufren.

El tercer gran tema de los últimos meses fue la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto de Cataluña, eliminando sus pretensiones soberanistas, algo lógico y esperado que ha provocado un revuelo demencial del nacionalismo catalán, similar a los que organizaba Ibarretxe, y que quedará en nada o en poco como se apreció ayer en el encuentro de Montilla con Zapatero en Moncloa donde vimos al presidente de la Generalitat “amansado” como un corderito y alejado de las soflamas que pronunció al conocerse la sentencia. Un fallo que, al llegar en vísperas de las elecciones catalanas, ha provocado más ruido de lo normal y ha permitido a los nacionalistas catalanes decir “adiós España”, o vamos hacia la autodeterminación -¿arruinando más de lo que está a toda Cataluña?-, o hacia la independencia.

De entre todos los alaridos, los de CiU han resultado los más esperpénticos y dañinos especialmente para ellos porque acabarán presos del independentismo radical, como les pasó a todos en la manifestación del 10 de julio en Barcelona. Una cita que, por la proximidad, con el triunfo de España en el campeonato mundial de fútbol de Suráfrica, no solo se quedó en poco sino que además provocó cierto temor por los españolistas de Cataluña salieron a la calle con banderas españolas (especialmente en los feudos de votantes del PSC), y su clase política quedó impresionada, preocupada y asustada, y de ahí la conversión borreguil de Montilla que ha bajado y mucho el tono de sus desafíos.

Pero estos tres acontecimientos de envergadura nacional no han tenido a menor de las consecuencias en la vida política nacional. La oposición mayoritaria pudo, por ejemplo, haber derribado al gobierno, adelantar las elecciones generales, provocar la puesta en marcha de una gran coalición nacional, o de un gran pacto económico contra la crisis. Y lo normal es que algo de eso hubiera ocurrido en el pasado debate de la nación donde no ha pasado nada, y donde cada partido o grupo parlamentario se dedicó solo a sus propios intereses políticos y electorales sin el menor esfuerzo por el interés general.

De ahí que el debate no ha servido para nada sino para constatar las diferencias y la extraña soledad del gobierno, que no lo es tal porque siempre hay una alma caritativa generalmente nacionalista, vasca o catalana, que a cambio de alguna dádiva, le salva la cara y la estabilidad a Zapatero. Así ocurrió con el techo del gasto que aprobó CiU, a la vez que ponían de vuelta y media a Zapatero que está acostumbrado a que le acusen de todo y lo descalifiquen sin cesar –como hace Rajoy desde el PP- pero siempre se sale con la suya, como piensa que ocurrirá con los Presupuestos de 2012 en diciembre y con la ayuda del PNV y puede que de CiU, una coalición que ladra pero no muerde.

En cuanto al Partido Popular nada nuevo, más de lo mismo –incluso más escándalos en Valencia donde la fiscalía le pide 15 años de cárcel a Fabra-, cero propuestas sobre la crisis, y cero declaración sobre la sentencia del estatuto, y silencio sepulcral sobre la salida perlada de las cárceles de los presos de ETA arrepentidos, convencidos de que eso les beneficial electoralmente, aunque ello no aporte nada a la crisis nacional de la economía, el paro, las finanzas y la cohesión del Estado. ¿Para qué sirvió entonces el debate sobre el estado de la nación? Para nada, para hablar del estado de los partidos y de los intereses electorales de cada uno. Y para calentar unas horas los escaños tras votar a las órdenes del partido y ahora salir en estampida a sus vacaciones, dejando tras de sí España como está.