Lo que une el fútbol lo separa la política

Este país camina a ciegas sobre el tenso alambre de la crisis económica y financiera, entre sobresaltos de la deuda pública y privada, vaivenes de la Bolsa, problemas de los empresarios, misterios de bancos y cajas y con cuatro millones y medio de parados que no ven un atisbo de esperanza, mientras nuestra clase política se muestra incapaz de hallar un acuerdo común, un gobierno diligente y estable y un horizonte de confianza que permita abrir expectativas y recuperar en la escena internacional el prestigio que España ha perdido en los últimos años. De todo esto la mayor responsabilidad es del desgastado Gobierno de Zapatero, que el presidente dice (veremos) que no lo piensa cambiar. Solo en el deporte, con Gasol, Nadal, Contador y a la selección nacional de futbol que hoy pasa su definitiva prueba de fuego en el mundial de Sudáfrica, parece instalarse un consenso –hasta con los nacionalistas- político nacional, pero nada más.

Ayer en el Parlamento Europeo los españoles ofrecieron un penoso espectáculo con sus críticas –por merecidas que fueran- a la presidencia española de la Unión Europea que acaba de concluir con un pobre resultado. Paralelamente en Barcelona y Madrid permanecen los desencuentros abiertos sobre el estatuto catalán y la ley del aborto, al tiempo que se anuncia en el horizonte otra bronca monumental en el debate sobre el estado de la nación de la próxima semana, donde el Gobierno presentará su lista de rectificaciones y el resto de los grupos parlamentarios las denunciaran. Como acaba de anunciarlo el líder de la oposición, Rajoy, con su promesa de presentar una enmienda total a la reforma laboral aprobada por el gobierno y al techo del gasto público. Y aún queda la ley de Cajas –que probablemente irá ese viernes al Consejo de Ministros- y la reforma de las pensiones, y puede que nuevos ajustes del gasto porque los analistas de fuera de nuestro país dicen que Zapatero se ha quedado corto.

Los nacionalistas volverán a la carga con sus cuestiones regionales, y la izquierda del hemiciclo porque se siente traicionada. Y así de esta nueva oportunidad saldrá otra vez la imagen de un Gobierno solo, desgastado y acorralado, y de una clase política que o calla lo que debiera decir para no desgastarse y correr riesgos electorales como pasa con el PP, o brama con cualquier pretexto porque está en pre campaña electoral como ocurre con CiU y ERC.

El resultado de todo ello es la imagen de una España dividida, enfrentada y sin visos de lograr un gran pacto de gobierno y de estabilidad, con un largo y caliente otoño por delante –con una cita incluida para una huelga general a finales de septiembre-, con el primer test electoral de las elecciones catalanas en noviembre, y con los Presupuestos de 2011 como prueba de fuego de la estabilidad gubernamental.

Ha dicho Zapatero en Estrasburgo que buscará acuerdos pero que eso es muy difícil. Sobre todo cuando se desprecia, como hizo, la realidad de la crisis y luego cuando rectifica lo hace sin pactar con los grandes partidos el contenido de sus reformas sino que los coloca “in extremis” ante la disyuntiva de aprobar sus decretazos o sumergir el país en el caos y bajo la amenaza de los implacables mercados internacionales. Así no parece es lograr acuerdos con nadie, y menos aún este Gobierno falto de credibilidad y de capacidad que está pidiendo a gritos su propio ajuste y renovación.

Y por si algo faltara al Partido Popular le crecen en Valencia enanos de la corrupción, lo que debilita el discurso de Rajoy como tocado está el propio presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, por todo lo que se está diciendo y publicado a propósito de su patrimonio familiar. Y no digamos los de CiU con Millet y compañía o el PSC en Santa Coloma, etcétera, porque en esto de la corrupción nadie está para tirar piedras al vecino aunque, justo es decirlo, en este caso la palma se la lleva el PP.

Es verdad que, como ocurre en la selección nacional del fútbol español, en la política de este momento crucial no hay líderes ni tampoco estrellas rutilantes. Pero los de La Roja saben jugar en equipo y ahí está su fuerza y su virtud y por ello llegaron a donde están en el campeonato mundial, a las puertas de la gran final. Pero en la política española no hay ni líderes ni equipo y así nos va. Y eso que no estamos compitiendo por ser los mejores del mundo sino por salir de una situación grave que nos afecta en todo, incluso en la cohesión nacional.