El progresista Zapatero y su huelga

Se anuncia un histórico choque de trenes “progresistas” conducidos por el presidente Zapatero y por los líderes CC.OO. y UGT, Totxo y Méndez, en plena crisis económica, social y financiera de España y con motivo del decreto de la reforma laboral que el gobierno socialista aprobará el miércoles para luego someterlo a la convalidación del Congreso de los Diputados como ley, una vez que el Ejecutivo no logró encontrar apoyos suficientes para pasarla como decreto. La tramitación de la ley permitirá endurecerla una vez que la huelga general es imparable, y ello servirá al PSOE para compartir la responsabilidad del texto final. Y a no perder de vista en el procedimiento el caos y la confusión en la que vive el Gobierno donde el ministro de Fomento, José Blanco, había anunciado que no habría prórroga para debatir la reforma laboral con los partidos políticos, lo que ahora será una imparable realidad.

Como imparable será el choque de trenes de la huelga general que pone el punto final al mito progresista de Zapatero quien ha acabado convertido en el más duro capataz de los mercados y gobiernos conservadores de la Unión Europea -con Merkel a la cabeza-, los defensores del ajuste duro y social del déficit público y de la reforma del mercado laboral español. Y para no dimitir y ser coherente con lo que ha prometido en los últimos dos años, Zapatero va diciendo que todo esto lo hace “por España” y porque él no abandona -como debiera- el barco del Gobierno en la tormenta. Y también porque aparentemente cree estar convencido de que, como se lo susurra Felipe González (experto en huelgas generales) por SMS, “esto sí que es gobernar”.

Los sindicatos van a la huelga a su pesar y a sabiendas de las enormes dificultades que van a encontrar para triunfar en esa convocatoria, en la que tendrán enfrente a la mayoría de los ciudadanos que consideran inoportuna e irresponsable esta revuelta nacional. Como saben lo mucho que se juegan en el envite porque si fracasa la huelga los sindicatos y sus líderes, Totxo y Méndez, pagarán alto precio por ello. Pero si no hacen la huelga, después de haber negado la reforma laboral y la gravedad de la situación española, entonces serían los cuadros y las bases sindicales los que acusarían a sus líderes de someterse al vuelco conservador del gobierno y al dictado de los mercados que no paran de demonizar.

Podría decirse que este choque de trenes “progresistas” es inevitable. Y la culpa la tienen las dos partes, empezando por los sindicatos por haber creído en la palabra de Zapatero que es lo mismo que les ha ocurrido en los últimos años a Maragall, Otegui, Mas, Montilla, Llamazares y a cualquier dirigente que se le ha acercado para secundar sus muchos y temerarios proyectos que acabaron en fracaso o rectificación. Además ¿no disponen Méndez y Totxo de información y elementos de análisis suficientes para comprender que este Gobierno, débil y sin mayoría en el Parlamento, no podría mantener el tipo ante la gravedad de situación española?

Los sindicatos saben que en la Europa actual el rígido modelo laboral español está más que agotado porque impide la competitividad, ha producido más de cuatro millones y medio de parados y no permite sanear empresas enfermas ni facilitar la llegada de emprendedores que en las actuales circunstancias se atrevan a crear negocios y a ofrecer puestos de trabajo. Sin olvidar en todo ello la dramática situación de los parados y sus familias y el negro horizonte laboral que se le presenta a los jóvenes.

Estamos pues ante una doble responsabilidad, la de Zapatero que acaba de perder la sonrisa y el talente progresista y la de los sindicatos que no han sabido estar a la altura de la realidad de este país y que no parecen entender que, con huelga o sin ella, la reforma laboral es imparable y se aplicará avalada por el Parlamento que es donde está la soberanía nacional y por lo tanto la suprema legitimidad.

En cuanto a Zapatero allá él y su partido, que a la espera están de la fecha de la huelga general que difícilmente se podría celebrar antes de las vacaciones de verano que comienzan el primer día de julio, entre otras cosas porque el Gobierno se ha preocupado de alargar al máximo las negociaciones para, precisamente, evitar la huelga en plena presidencia española de la Unión Europea. Para entonces, si es en septiembre, puede que haya cambiado el Gobierno y que se conozca la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán, e incluso la fecha de las elecciones autonómicas de Cataluña que podrían incluso adelantarse a finales de octubre. Y ya veremos si para después del verano España ha sacado buenos notas en el examen de junio de las instituciones europeas y la crisis de la deuda del Estado y de las empresas y los bancos españoles ha superado los crecientes rumores de falta de liquidez y de debilidad. De ahí que el aplazamiento al otoño de la huelga deja, en cierta manera, en el aire su celebración porque de aquí a esa fecha todavía muchas cosas pueden pasar. Incluso los sindicatos pueden rectificar.