El gran rectificador

Ha dicho Felipe González que “rectificar es de sabios pero hacerlo todos los días es de necios”, y a buen entendedor pocas palabras bastan porque el arte de rectificar se ha convertido en una costumbre del Gobierno de Zapatero y del propio presidente como lo demuestran hechos incontestables. Y no solo a lo largo de las últimas semanas donde han ofrecido un espectáculo grandioso a propósito del ajuste fiscal y social del déficit público que negaban el día antes, o de los documentos erróneos que enviaron a la Comisión Europea, o en el caso del BOE sobre la fecha límite para el endeudamiento de los municipios españoles, o sobre la famosa subida de impuestos a los ricos, o sobre las promesas firmadas e incumplidas sobre el sueldo a los funcionarios, o sobre las muchas idas y venidas de la reforma del mercado laboral que aún sigue dando vueltas.

El alarde de sabiduría rectificadora de Zapatero no es de ahora ni fruto de una repentina enajenación por culpa de la crisis de los mercados. Viene de lejos y ha tenido a lo largo de los últimos seis años citas muy importantes como las relativas al estatuto de Cataluña que, en una primera declaración, el presidente prometió apoyar en Madrid sobre el texto que saliera del parlamento catalán, lo que obligó a una profunda rectificación que le costó la cabeza a Pascual Maragall. Algo parecido ocurrió con la negociación con ETA dos veces rectificada, primero tras el atentado de la Terminal 4 de Barajas y después y tras mentir a todos los españoles, cuando se reanudó en secreto la negociación hasta la ruptura final.

Aunque sin lugar a dudas el mayor error, por las consecuencias que ha tenido para España, fue negar -por interés electoral- la existencia de la crisis económica a primeros de 2008. Entonces tardó Zapatero siete meses en rectificar. Y, después de no pocas ocurrencias y de anunciar la salida del túnel o la llegada de los “brotes verdes”, tuvo que hacer la gran rectificación del decretazo con dos años y medio de retraso a la hora de tomar las medidas importantes para hacer frente a la crisis, una vez que los mercados han puesto a España en la misma diana que habían colocado a Grecia.

Otros asuntos como el pretendido límite del envío de tropas a Afganistán, o el regreso de las fuerzas Españolas a Irak -a través de instructores de la Guardia Civil-, también figuran en su voluminosa agenda de la rectificación. Y qué decir sobre el fastuoso calendario internacional de la presidencia española de la UE donde se han caído las cumbres del Mediterráneo y la del encuentro europeo con Barak Obama en Madrid. Ni siquiera ha podido Zapatero acudir a la cumbre de su Alianza de Civilizaciones de Brasil.

Y a no perder de vista otros errores y disparates rectificados como el cheque de los 400 euros, la rebaja de la dependencia, el cheque bebé, las ayudas a la venta de automóviles, el vistoso y derrochador “plan E”, las energías renovables, el pretendido cierre de las centrales nucleares (prorrogó Garoña), su negativa a los trasvases cuyo principio se quebró cuando Barcelona se quedó sin agua, el “papeles para todos” que regularizó a un millón de inmigrantes y que luego debió rectificar para frenar la avalancha, o la memoria histórica. Y, en fechas aún recientes, la renovación del Tribunal Constitucional que primero negó y luego impulsó a sabiendas de que no prosperará.

La lista de las necias rectificaciones de Zapatero y su Gobierno es inagotable, e impropia de un país que se dice democrático y donde las responsabilidades políticas se resumen en pedir unas mustias disculpas verbales sin que nadie, ni él ni sus ministros, cesen o presenten la dimisión, como sería su obligación por los graves errores y las flagrantes mentiras que los acompañaron, como la reciente de la vicepresidenta Salgado a propósito del BOE.

Aquí, en España, no solo no pasa nada sino que para colmo el presidente Zapatero presume de sus rectificaciones como si ello fuera un atributo que adorna el ejercicio del poder. Lo hizo tras el último debate parlamentario sobre el decretazo cuando declaró, presumiendo, que solo puede rectificar el que gobierna y toma decisiones, porque se entiende que los demás o están en la oposición o no tienen ese privilegio de equivocarse y rectificar porque esa es prerrogativa de su Gobierno. Y dice esto un presidente del Gobierno que tiene España sumida en una brutal crisis económica y social que él negó mientras anunciaba que España ya adelantaba a Italia y estaba a punto de sobrepasar a Francia, y bajo cuyo mandato ha provocado una centrifugación gratuita de la cohesión nacional y el desprestigio de no pocas instituciones como la de los altos tribunales de la Justicia.

A las que habrá que sumar el propio PSOE, partido al que Zapatero está dejando bajo mínimos electorales si las cosas siguen como van a medida que se acerca la cita electoral. Su próxima rectificación será la crisis de Gobierno que tendrá que hacer en los próximos días o semanas y que niega con el mayor de los descaros. Una rectificación que será incompleta e injusta porque el primer responsable de todo lo ocurrido es él. Eso no lo quiere reconocer ni rectificar con su inmediata salida del poder porque está empeñado y puede que convencido, en su desvarío, que su creciente desprestigio y falta de credibilidad entre una mayoría de españoles también se puede rectificar a su favor, sin entender que esas opiniones y sentimientos ciudadanos no se pueden controlar desde el palacio de la Moncloa con un nuevo decreto Ley, sino que están en la conciencia de los españoles que sufren y han sufrido durante los pasados años los efectos perniciosos del gran rectificador.