El final de Zapatero

Siempre se ha dicho que el poder es mucho poder y tan difícil es alcanzarlo como perderlo, sobre todo en España donde no existe la separación de los poderes del Estado -solo existe la separación de funciones- sino la acumulación de estos poderes bajo la batuta del presidente. Pero llega un momento en el esa inexpugnable pirámide se derrumba porque la autocracia presidencial pierde la autoridad por culpa de los graves errores del primer gobernante (Felipe González o José María Aznar, por diferentes causas), y ello facilita la alternancia. O porque la descomposición y los problemas del partido mayoritario (la UCD con Suárez y Calvo Sotelo) dan paso a la crisis del gobierno y de la mayoría gobernante. En la España actual estamos en un escenario inédito en el que la crisis del poder establecido ha estallado en la mitad de la legislatura por causa no solo de los errores de los gobernantes sino también por la manifiesta incapacidad política del presidente Zapatero, y su desprestigio nacional e internacional que daña los intereses generales de España, a pesar de que sigue teniendo el control de su partido y que hasta ahora ha conseguido milagrosos equilibrios para mantenerse en el cargo.

Pero los niveles de incompetencia de Zapatero ante la grave crisis económica y social lo han llevado a una radical y desarbolada rectificación de su política económica de los últimos dos años, y una vez que la ha puesto en marcha, sin encomendarse ni a Dios ni a diablo, ni a su partido, ni a los sindicatos ni a la oposición, lo tiene que volver a rectificar como se apreció ayer en la votación del Congreso de los Diputados que le exige no congelar las pensiones y buscar otro soporte para el recorte del déficit, mientras el gobierno rectificaba el BOE por otra decisión equivocada en menos de 24 horas, y mientras los ministros andan enfrascados en luchas intestinas sobre como subir los impuestos “a los ricos”, y se muestran incapaces de conseguir la reforma del mercado laboral y del sistema financiero. O cuando el PSC-PSOE de Montilla se presenta en Madrid amenazando al Estado español, descalificando al Tribunal Constitucional -tras recientes ataques y agresiones al Tribunal Supremo, al que han llamado franquista- y dando el lamentable y costoso espectáculo de la traducción simultánea en el Senado español, lo que para el presidente de esta Cámara no es motivo de bochorno, pero sí que los senadores del PP le pidan al presidente del gobierno la dimisión.

Zapatero está acabado y con él sus maneras temerarias e improvisadoras de ejercer el gobierno de la nación que consideraba “discutida y discutible”, así como el modelo de Estado confederal que este personaje ha querido colar por la puerta trasera del estatuto catalán despreciando la soberanía nacional. La misma soberanía que en materia presupuestaria y del déficit público nos ha sido intervenida desde las instituciones de la Unión Europea, precisamente por causa de la incompetencia del presidente español. El que no sabemos hacia dónde nos va a llevar porque todavía están pendientes dos retos urgentes y de altura -que nos acaba de exigir el FMI- como son la reforma laboral (bajo amenaza de huelga general) y la reforma del sistema financiero, que lleva meses y meses pendiente de decisiones y está estallando por los costados de las cajas de ahorro autonómicas más débiles, manejadas por los partidos políticos regionales, lo que nos conduce a otro de los problemas claves del vigente mal español: el centrifugador del Estado, ruinoso, e insolidario sistema autonómico español, que hay que reconvertir urgentemente en el solo beneficio de la nación española.

Como habría que reformar, primero en la práctica y luego en la legislación, la separación de los poderes del Estado y la ley electoral, para que estos aprendices de brujo que nos gobiernan (y que ahora se bajan los sueldos para aplacar la creciente indignación de los ciudadanos contra la clase política), no tengan acceso ni cabida en las altas instituciones de nuestro país.

Naturalmente ahora se dirá: con la que tenemos encima, lo que nos faltaba es abrir el melón del sistema político y de las autonomías. Pues alguna vez habrá que hacerlo después de más de treinta años de transición partitocrática, para llegar a la democracia. O al menos ahora es el momento de hacer el inventario de todo lo que hay que cambiar porque la crisis económica ha dejado al descubierto nuestras enormes carencias democráticas y las facilidades que se dan a personajes sin cualificación para llegar al poder. O para venir al Senado español, como el tal Montilla, a hablarnos en catalán mientras en Cataluña se persigue y discrimina el castellano que es la lengua oficial del Estado y de todos los españoles.

Esto no puede seguir así, y el Partido Socialista tiene sobre sus hombros la responsabilidad de poner coto y punto final a la etapa de Zapatero; y el Partido Popular tiene, por su parte, la obligación de presentar su alternativa en una moción de censura y, al igual que el resto de las fuerzas de la oposición, buscar unas elecciones anticipadas (y pre constituyentes) e introducir en sus programas las reformas democráticas que ya no se pueden demorar muchos años más. Zapatero ha llegado a su final, pero todavía nos puede arrastrar a todos durante meses si no dimite, o si su partido no lo sustituye, o si no hay elecciones anticipadas, ni tampoco se logra una mayoría parlamentaria suficiente para imponer su relevo. Algo hay que hacer y no solo esperar a que pasen dos años más, con casi cinco millones de parados, el tejido empresarial e industrial español dañado y con un horizonte de recesión o de crecimiento cero, y sin que se tenga la seguridad y la sensación de que en el gobierno de España están sentados los mejores posibles para sacarnos de semejante situación.