Viejos recuerdos de verano (III)

Seat 600

PixabaySeat 600

A Berlín en Seat 600

El Seat 600 fue el coche popular español de los años sesenta, coincidiendo con el inicio de nuestro despegue económico décadas después de acabada la guerra civil. Mi primer 600 fue de segunda mano. Se lo compré a un cirujano, hombre pudiente y caprichoso que lo había equipado con todos los extras imaginables. El coche era, para empezar, de un curioso y apetitoso color quisquilla, explicable, según se decía, por haber sido el ejemplar expuesto en la Feria de Muestras de Zaragoza. Una gran visera azul, colocada por fuera del parabrisas, protegía la visión del conductor. Eran tiempos de modestas velocidades y la costumbre de la visera se hallaba muy extendida. Los parachoques se protegían con bonitos tacos de goma. Y en el interior del vehículo había un termómetro imantado, un reloj, un altímetro y otros instrumentos que completaban el sobrio equipamiento de fábrica.

Un día a comienzos de un verano de los años 70, mi mujer y yo salimos de Baza (Granada) rumbo a Berlín, sin prisas y con pausas. Tras unos días en Zúrich, dejamos Suiza a primera hora, con el propósito de alcanzar Berlín a media tarde. El tiempo era espléndido. Los platinos empezaron a fallar, pero el coche mantenía una marcha aceptable, de forma que no nos preocupamos. Hicimos varias paradas para coger arándanos, y luego, esta vez en un espacio destinado a aparcamiento, con mesas y bancos rústicos, decidimos comer tranquilamente y descansar un poco. Quizá fuera un día de fiesta, porque había bastantes alemanes disfrutando del sol y viendo pasar los coches, extranjeros en su inmensa mayoría e incomparablemente mejores que los Trabant o Watburg de la República Democrática. Era –actualizada- la vieja costumbre provinciana de ver pasar los trenes.

Nuestro coche llamó la atención de inmediato. El color quisquilla no era frecuente en aquellas latitudes. La visera azul y la superprotección de los parachoques con tacos de goma, tampoco. La matrícula “E” debía ser un arcano, primero porque un coche español constituía por sí una rareza tan lejos de España y, además, tras el telón de acero, y en segundo lugar porque en alemán y en inglés nuestras iniciales son SP (Spanien y Spain). Ocurría, además, que los curiosos podían divisar a través del cristal posterior un hermoso toro de lidia que, destinado a nuestro amigo Virgilio, nada tenía que envidiar en pequeño al morlaco de Osborne. Y junto al toro descansaba una bota de vino.

La comida transcurrió felizmente. Se confraternizó con los mirones, se les informó de nuestra procedencia y hasta hubo quien se atrevió a empinar la bota. Recuerdo que, aunque no fuese la mejor hora para hacerlo, me afeité mientras mi mujer lavaba platos y cubiertos. Todo muy tranquilo y muy agradable. Reemprendimos el viaje despacito y con los platinos igual que antes. A la puesta del sol llegamos a la frontera entre la DDR (iniciales de Deutsche Demokratische Republik, o República Democrática Alemana, o sea, la zona comunista) y Berlín Occidental. Y aquí nos aguardaba la sorpresa.

No me refiero al registro exhaustivo del vehículo para comprobar que con nosotros no se fugaba ningún súbdito de la República Democrática. Ni siquiera a la revisión de los bajos con unos espejos, como si en un vehículo tan reducido fuera posible habilitar algún escondrijo. No, todo eso respondía mejor o peor al férreo control de las fronteras para evitar idas y vueltas desde los países capitalistas. Lo inesperado fue que el policía que tenía nuestros pasaportes en la mano me preguntó de sopetón dónde había estado durante tanto tiempo. Calculaban que el trayecto por la República Democrática podía llevar dos o tres horas y no las seis que yo había necesitado.

Supuse que a continuación me pediría algunos marcos por el tiempo de más, completando así los que pagué por el visado, pero no iban por ahí los tiros. Su idea fija era saber lo que yo había hecho en ruta. Le aseguré que había obedecido estrictamente la prohibición de abandonar la autopista, que ignoraba la limitación horaria, que los platinos del coche fallaban –por lo que, amén de venir despacio, nos habíamos detenido varias veces para recolectar frutos del campo- y que habíamos comido a la española, con sopa caliente, embutidos, latas de conservas y postre, en una zona de descanso cerca del Elba. El policía quedó pensativo un momento, comprobó que llevaba camping-gas para cocinar y nos despidió con la advertencia de que a la vuelta fuéramos más rápidos.

Ya en Berlín –donde el coche continuaba llamando la atención- nos pusieron los platinos a punto y cuando nos tocó regresar, un día desapacible y lluvioso, el Seat corrió como nuevo y llegó a la frontera bávara antes incluso de lo previsto. Pero al abandonar la República Democrática se produjo el segundo incidente.

El policía que nos atendió parecía sacado de una película de espías. Llevaba una trinchera de cuero que le llegaba hasta los pies. Pasó por delante del coche y se fijó en la matrícula. Su GR de Granada coincidía con la GR del cantón suizo de los Grisones. Quizá se confundiera con la nacionalidad del vehículo. Lo cierto es que nos pidió los pasaportes, los abrió, dio un pequeño respingo y exclamó ¡oh! ¡España es un país medieval! Mi primer pensamiento fue dirigirme al cuartelillo y quejarme ante sus superiores. Yo sabía, de mis anteriores viajes por la zona soviética y también de mis visitas al Berlín Este, que los policías de la República Democrática trataban a los extranjeros con una cierta cortesía. Sin embargo, se sobrepuso el sentido común. Cuanto antes dejara atrás a los “vopos” o policías populares, mejor. Me devolvieron los pasaportes y se me indicó con la mano que podíamos continuar. Dos minutos más tarde entrábamos en Baviera.

Ignoro lo que pasase por la cabeza del policía cuando supo que éramos españoles, pero yo tengo mi particular explicación. Hacía muy poco que el comunista Julián Grimau había sido fusilado, aunque durante un tiempo se habló de que había sido ajusticiado con el garrote vil, un instrumento sólo utilizado en este rincón de Europa y, ciertamente, con una larga historia. Yo mismo había leído en periódicos de Alemania Occidental comentarios de los que la exclamación del “vopo” sólo sería un resumen. La noticia habría recibido en la República Democrática un tratamiento aún más rico en connotaciones con la España negra.

Sobre el autor de esta publicación

José Luis Manzanares

Nació en 1930. Obtuvo Premio Extraordinario en la Licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid (1952) y en el Doctorado por la Universidad de Zaragoza (1975).

Ingresó en la Carrera Judicial en 1954 y se jubiló como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el año 2000. Es también Abogado del Estado (jubilado) y Profesor Titular de Derecho Penal (jubilado). Fue Vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial entre los años 1990 y 1996. Desde 1997 es Consejero Permanente de Estado.

Amplió estudios en la Universidad Libre de Berlín Occidental y en el Instituto Max Planck de Friburgo.

Ha pronunciado numerosas conferencias en España, Colombia, Cuba, Alemania e Italia.

Ha publicado más de un centenar de trabajos jurídicos, amén de nueve libros, entre ellos dos Comentarios a los Códigos Penales españoles de 1973 y 1995, habiendo participado en otros diez de carácter colectivo. También ha traducido algunos textos jurídicos del alemán, entre los que destaca la última edición (la 4ª) del Lehrbuch des Strafrechts (Parte General) del Profesor Jescheck. Ha llevado durante años la Sección jurisprudencial del Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales. La misma labor desarrolló en la Revista “Actualidad Penal”, de la que fue Director durante algunos años, desde su primer número hasta su cierre el año 2003. Es también autor de unos comentarios en 2 Tomos al vigente Código Penal tras su reforma por la Ley Orgánica 5/2010, editados por Comares, Granada. Su último libro, publicado el año 2012 por la editorial La Ley, de Madrid, se ocupa de “La responsabilidad patrimonial por el funcionamiento de la Administración de Justicia”.

Ha colaborado en algunos periódicos nacionales, como ABC, Diario 16, La Razón, El Mundo, El País, La Gaceta de los Negocios, La Clave, Epoca y Expansión, y semanalmente, durante muchos años en Estrella Digital. También en la revista alemana “Juristenzeitung” y otras especializadas de México y Argentina.