Viejos recuerdos de verano (I)

Playa de La Puntilla

Guía de CádizPuerto de Santa María

El Puerto de Santa María en 1939

La playa de El Puerto de Santa María a finales de los años treinta y principio de los cuarenta era la Puntilla. Había otra, Valdelagrana, hoy muy visitada, pero que entonces, sin urbanización alguna a sus espaldas, quedaba demasiado lejos para un pueblo al otro lado del Guadalete. El veraneo se preparaba alquilando una de las casetas de madera montadas en la misma playa. Permitían guardar un par de sillas plegables y algunos trastos más. Y por delante se solía colocar un toldo. Allí pasábamos el día, desde la mañana al atardecer. El trayecto desde el centro del pueblo se hacía en jardineras, unos cochecitos de caballos con banquillos laterales. Dos kilómetros de distancia siguiendo la desembocadura del río. Recuerdo el tintineo de los cascabeles y el olor, dulzón y penetrante a su vez, de las aliagas.

La playa era de arena normal en la inclinación de sus primeros metros, pero al bajar la marea aparecía ante nosotros una superficie casi totalmente horizontal que se perdía en dirección a Cádiz. La cubría un barrillo salpicado con los agujeritos de las navajas. El molusco, invisible, tenía abiertas sus dos valvas, lo que aprovechábamos para pescarlas con un rudimentario aparejo. Fijábamos el proyectil puntiagudo de una bala de fusil en el extremo de una varilla de paraguas e introducíamos el primitivo arpón en el agujero. Era coser y cantar. Las valvas se cerraban al rozar la varilla, de arriba abajo, el cuerpo del molusco, de modo que el balín servía de punta de flecha para extraerlo. Si no me falla la memoria.

Había también, como marcando el curso del tramo final de la desembocadura del río, algunos bancos de ostiones, una variedad local de ostra, tal vez no especialmente fina, pero sí muy sabrosa. Su carne es muy consistente y puede comerse tanto al natural como frita. La gente menuda de la playa se subía a los bancos de ostiones armada de cuchillo y limón, y allí mismo se entregaba al autoservicio. No se conocían las palabras polución o contaminación. Nadie, que yo sepa, sufrió siquiera un ligero trastorno en aparato digestivo.

Al caer la tarde, la playa se llenaba de mosquitos contra los que luchábamos denodadamente con el humo de los cagajones de caballos, burros y mulas. Se formaban montoncitos de conchas de ostiones, gruesas y calcáreas, para enriquecer los piensos de las gallinas, y las caballerías empleadas en su transporte dejaban allí su valiosa y ecológica huella. Hacíamos dos agujeros en una lata de conservas –cilíndrica y sin tapa, naturalmente-, metíamos por ellos un cordel y ya disponíamos del incensario donde quemar los excrementos secos. No es que se pudiera hablar con toda exactitud de fragancia, pero tampoco de un olor repulsivo. La fumarola se situaba en un punto intermedio entre el aroma y la pestilencia. Además, su eficacia superaba ampliamente la de muchos productos de los actuales supermercados.

Me cuentan que años atrás se llevaron los bancos de ostiones hacia algún lejano criadero y que las dunas que separaban la playa del pinar contiguo acabaron como material de construcción. No he querido preguntar por las jardineras, las navajas, los mosquitos y los cagajones de burro. Quiero pensar que en el pinar, tras las dunas, seguirá habiendo camaleones.

Sobre el autor de esta publicación

José Luis Manzanares

Nació en 1930. Obtuvo Premio Extraordinario en la Licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid (1952) y en el Doctorado por la Universidad de Zaragoza (1975).

Ingresó en la Carrera Judicial en 1954 y se jubiló como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el año 2000. Es también Abogado del Estado (jubilado) y Profesor Titular de Derecho Penal (jubilado). Fue Vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial entre los años 1990 y 1996. Desde 1997 es Consejero Permanente de Estado.

Amplió estudios en la Universidad Libre de Berlín Occidental y en el Instituto Max Planck de Friburgo.

Ha pronunciado numerosas conferencias en España, Colombia, Cuba, Alemania e Italia.

Ha publicado más de un centenar de trabajos jurídicos, amén de nueve libros, entre ellos dos Comentarios a los Códigos Penales españoles de 1973 y 1995, habiendo participado en otros diez de carácter colectivo. También ha traducido algunos textos jurídicos del alemán, entre los que destaca la última edición (la 4ª) del Lehrbuch des Strafrechts (Parte General) del Profesor Jescheck. Ha llevado durante años la Sección jurisprudencial del Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales. La misma labor desarrolló en la Revista “Actualidad Penal”, de la que fue Director durante algunos años, desde su primer número hasta su cierre el año 2003. Es también autor de unos comentarios en 2 Tomos al vigente Código Penal tras su reforma por la Ley Orgánica 5/2010, editados por Comares, Granada. Su último libro, publicado el año 2012 por la editorial La Ley, de Madrid, se ocupa de “La responsabilidad patrimonial por el funcionamiento de la Administración de Justicia”.

Ha colaborado en algunos periódicos nacionales, como ABC, Diario 16, La Razón, El Mundo, El País, La Gaceta de los Negocios, La Clave, Epoca y Expansión, y semanalmente, durante muchos años en Estrella Digital. También en la revista alemana “Juristenzeitung” y otras especializadas de México y Argentina.