A vueltas con la pedofilia en la Iglesia

El cardenal Osoro pide "perdón públicamente" por los abusos cometidos por miembros de la Iglesia

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Leo que el papa Francisco ha promulgado una nueva versión de las “normas generales de los delitos más graves reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe”. Ello permitiría juzgar a cardenales, patriarcas, legados apostólicos y obispos, entre otros miembros de la alta jerarquía. Toda reforma a favor de la transparencia y orientada a combatir los delitos de cualquier persona, creyente o no creyente, será bien recibida. Me gustaría, sin embargo, que en la exigencia de responsabilidades por la pedofilia en la Iglesia no se olvidara algo fundamental.

Prevenciones aparte, el primer paso en la buena dirección es el de colaborar activamente con las autoridades civiles para que éstas puedan investigar los hechos indiciariamente delictivos, imponiendo las correspondientes penas en su caso. No se olvide, sin embargo, que en algunas legislaciones la persecución requiere la denuncia de los padres. Nada de privilegios, ni el alejamiento del sospechoso (incluso a otro continente), ni presiones para evitar denuncias, ni indemnizaciones a media luz. Mañana será otro día y la ropa sucia se lava en casa, pero ese no es el camino a seguir. El conocimiento de la verdad que nos hará libres es indispensable para castigar el mal o, al menos, intentarlo seriamente.

Tenemos derecho a saber los riesgos que corren o corrieron nuestros hijos allí donde supuestamente estarían recibiendo la mejor educación conforme a las creencias de sus padres y lejos de todo abuso o agresión sexual por parte de quienes, como cualificados representantes de la Iglesia, podían hacer un daño muy superior al de otros educadores o personas relacionadas con la formación de niños y jóvenes.

Lo más grave en estos escándalos, con serlo mucho, no han sido los casos individualizados de una pedofilia favorecida por determinadas formas de vida, desde las instituciones religiosas hasta los clubes deportivos y las excursiones escolares, sino el encubrimiento metódico desde el vértice de una organización piramidal, perfecto conocedor del problema. Lo que hace falta, además de pedir perdón, es que el propósito de enmienda sea absoluto, especialmente en Roma.

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