Los GAL y las confesiones de Asunción a Manglano

Hoy, con los herederos de ETA en el Parlamento y su importante papel como sostenedores del gobierno, no faltará quien considere de mal gusto rememorar algún episodio de aquellos años de terrorismo desbocado. Como ocurre asimismo con quienes recuerdan que el artículo 578 del Código Penal no sólo tipifica el enaltecimiento de los delitos de terrorismo sino también el de “quienes hayan participado en su ejecución”, por ejemplo, aclaro yo, en los homenajes públicos a los asesinos que, cumplida la pena, pero sin arrepentimiento alguno, regresan a su pueblo.

Sin embargo, no quisiera desviarme del tema nuclear de esta columna. Quiero decir que aquella tendencia al olvido afecta asimismo y en primer término al terrorismo antiterrorista de los GAL, otra organización criminal aunque con un numero de víctimas incomparablemente menor a sus espaldas. Y mucho más chapucera, por lo demás, que los de el hacha y la serpiente.

La actuación judicial y lo ocurrido en sus aledaños tuvo tristes y pintorescas manifestaciones que concluyeron con el corro de la patata a las puertas de la prisión de Guadalajara, cuando un exministro del Interior y otro alto funcionario se disponían a iniciar el cumplimiento de sus penas de prisión. Entre los asistentes se encontraba la crema o cúpula de nuestra gobernanza institucional. Mientras tanto, quien había sido juez instructor de la causa, Baltasar Garzón, repetía en innumerables declaraciones y entrevistas que por encima de los condenados había, como parecía lógico, un señor X , al que, eso sí, nunca osó poner nombre.

Son páginas muy interesantes de la reciente historia de España que iban cayendo en el olvido. Para mi, hasta que he leído algo de los papeles de Manglano con la afirmación de Antoni Asunción, exministro del Interior, revelando que en la etapa de José Luis Corcuera, su sucesor en dicho departamento, se enviaron cartas-bomba a miembros de ETA, con especial referencia a la que provocó la muerte del cartero que la dobló para introducirla en el buzón de su destinatario.

Asunción no responsabilizó de esta práctica al ministro Corcuera, limitándose a señalar que aquello sucedió en su tiempo. Yo no hago sino repetir lo leído hace un par de días en el ABC, pero también recuerdo que entonces ETA negó su implicación en los hechos, lo que a mí, y supongo que a alguien más, me sorprendió por cuanto la banda terrorista no había tenido inconveniente en reconocer otras veces algún error o resultado imprevisto.

Pero es que ahora contamos con un dato más a favor de la posible ocultación oficial de lo realmente ocurrido. Lo aporta el exministro Asunción al decir que la carta iba dirigida a D. Ildefonso Salvador Uriarte, que habría sido colaborador de ETA y militante de Herri Batasuna, con residencia en el número 23 de la calle De Juan Olazálba en Rentería. Esa información, conocida sin duda desde el primer momento en el Ministerio del Interior, no se trasladó debidamente a la opinión pública. Confío en que esta confesión ocupe el lugar que se merece no sólo para una eventual reapertura del proceso judicial, si el delito no hubiera prescrito, sino también en esa historia de los GAL que todavía está por escribir. La democracia gana mucho con las ventanas abiertas.