“1984”

Orwell

No se asuste el lector. No insinúo siquiera que la pesadilla de “1984”, de Orwell, esté a la vuelta de la esquina o sea la meta de alguno de nuestros partidos políticos, incluidos los minoritarios que parecen añorar los pasados totalitarismos en la Europa del siglo XX. Pero acabo de terminar la lectura, quizá la tercera, de esa novela cuyo argumento nos toca más de cerca que la ciencia-ficción. Y no me refiero sólo a España.

La cosa es que se describen muy bien en “1984” dos pilares fundamentales del régimen que tiene como cabeza invisible al Gran Hermano (Big Brother). El primero es reescribir la Historia mediante una versión unilateral, impuesta desde el jardín de la infancia y de obligada aceptación por todos los ciudadanos-súbditos de un gran país llamado Oceanía. Quien domina el presente domina también el pasado y, por supuesto, el futuro.

Naturalmente, ahí lo de menos sería el cambio de nombres de calles y plazas públicas, una nimiedad para el Régimen. La manifestación más relevante de esta manipulación histórica estaría en las hemerotecas. Para evitar las comparaciones entre lo dicho en su día por la dirección política del país y la pretendida realidad posterior se reescribían las noticias y los artículos de la prensa. Y algo similar ocurría con los libros, sustituyendo por otras las viejas ediciones condenadas al olvido.

Otro importante pilar era el de la elaboración de un lenguaje nuevo que, impuesto desde arriba, iría desplazando al anteriormente hablado. Unas veces se acuñaban palabras nuevas, y otras se cambiaba su significado para “vehiculizar” mejor el mensaje. Claro que hablo de Oceanía y no de España, pero aquí vamos borrando la huella de quienes no nos gustan, en ocasiones sin saber muy bien el porqué, desde Vázquez de Mella a Pemán, pasando por almirantes anteriores al franquismo.

Sin ir a Oceanía, ahí tenemos como último botón de muestra la “interseccionalidad”, ausente en el DRA pero recién traída del movimiento feminista norteamericano para enriquecer la prosa oficial de nuestras leyes y reales decretos. No nos íbamos a quedar en el empoderamiento, la transversalidad y la resiliencia. Los mayores avances en la materia corresponden, sin embargo, a nuestra ministra de Igualdad o, atendiendo a su dual naturaleza, no a la titular de dicho departamento sino a la persona particular y ajena a la Administración. Su distinción entre los niños, las niñas y los niñes puede ser tomada a broma, pero detrás hay una determinada ideología político-social que, muy respetable en el ámbito privado, lo es menos cuando se predica por quien forma parte del Gobierno de España.

Las “denominaciones oficiales” son cada vez más vacuas, largas, ampulosas y, como diría un castizo, aparentes. Los nombres de los ministerios, de las profesiones y aun de las leyes se extienden como el aceite. Tuvimos un Ministerio del Interior, otro de Asuntos Exteriores, otro de Fomento, otro del Ejército y así sucesivamente. Hoy sus nombres se alargan pedantemente para subrayar su importancia pese al escaso contenido de algunos. En el siglo XIX se elaboraron un Código Civil, un Código Penal, una Ley de Enjuiciamiento Criminal, por ejemplo, pero ahora tal sencillez nos sabe a poco. El ideal puede ser la promulgación de una Ley Integral, Transversal, Multidisciplinar, Resiliente, Empoderadora y Sostenible (de lo que sea). Y si se multiplican los Protocolos mejor que mejor.

Y una curiosidad. La última palabra del libro de Orwell suena en realidad como un número de agenda: “2050”.

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