Niños, niñas y niñes

Irene Montero

La titular (o titulara) del Ministerio de Igualdad, o de desigualdad a favor de la mujer por eso de su discriminación histórica y los pecados machistas (o machistos) desde Adán y Eva hasta hoy mismo, aún tiene tiempo para aprovechar su presumible formación filológica en la modernización del español o castellano. No es que yo comparta sus lecciones o piense por un momento que ha emprendido el mejor camino para mejorar nuestra lengua, antes al contrario. Ni siquiera parece haber encontrado muchos seguidores entre sus compañeros de Gobierno. Pero se agradecen las cuchufletas de vez en cuando.

Un largo matasellos del tiempo de Franco, cuando nuestro aislamiento internacional afectaba incluso a la exportación de agrios, Correos nos aconsejaba: “coma naranjas, prolongará su vida y gozará de buena salud”. Nada frente a las enseñanzas de doña Irene Montero, que nos abren un prometedor horizonte, más aún que el consumo de naranjas, entre la lengua española y la superación del feminismo. En adelante tendríamos un tercer género que, con numerosas subdivisiones, se alejaría de las “aes” y los “oes” para identificarse (es un decir) con los “ies”. Bueno, seguramente que aquí, en los “ies” el artículo masculino no pega, pero tampoco el femenino. Habrá que inventarlo.

La perspicacia de doña Irene se resume muy bien en esa novedosa trilogía de “los niños, las niñas y los niñes”. Un trinomio de difícil acoplamiento en nuestro idioma. Si los niños y niñas son los hombres y mujeres de poca edad, ¿quiénes serán los “niñes”?. Hay, ciertamente, un colectivo LGBT, pero no está claro que los gais u homosexuales masculinos quieran integrarse en este neologismo. O las lesbianas u homosexuales femeninas. O los bisexuales o los travestis. O los que, sencillamente, pasan del sexo. Todo eso aparte de que estos supuestos no constan en la clasificación binaria del DNI.

¿Y por qué no avanzar hacia los “niñis” o “niñus”? Habrá de estudiarse asimismo el singular, porque suponemos que los integrantes del grupo de los “es” serán antes personas individuales que no caben ni en la “a” ni en la “o”. Y, por otro lado, la “e” ya está ocupada desde siempre, en singular y en plural, por uno de los géneros o sexos de toda la vida, o por los dos. El “hereje” conviviría en el futuro con el “herejo” y la “hereja”. Y con el cónyuge sucedería algo similar, y con el grumete y con el conserje y así sucesivamente. Sin olvidar tampoco los participios presentes que, acabando en “e”, sirven tanto para el masculino como para el femenino.

Como puede verse, la señora ministra no ha hecho más que indicar el camino a seguir. Luego, cuando la ideología sexista en nuestra lengua esté más avanzada (o avanzado o avanzade) vendría la ingente tarea de adoctrinar, no ya a la población española en general, sino también a los centenares de hispanoparlantes (e hispanoparlantas) que, a lo peor, se toman a cachondeo las últimas lecciones de la Madre Patria.

En fin, que Dios nos coja confesados, confesadas o confesades.

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