La canícula

Me temo que alguno de mis artículos estivales no sea del todo original, pero también las cuatro estaciones, los veranos mismos y los días y las noches se repiten y, a su tenor, nuestro ritmo de vida. Veraneamos, pero la palabra “canícula”, nunca muy utilizada, parece haber desaparecido del vocabulario para recalar en el contradictorio baúl de los recuerdos olvidados.

Es una palabra relativamente culta y desconocida para buena parte de esas nuevas generaciones que se formaron progresando adecuadamente en todas las asignaturas, entre ellas la lengua española y la geografía celestial. Me imagino que el veranillo de San Martín, más popular, correrá mejor suerte, pero no estoy seguro. La ignorancia enciclopédica -no saber nada de nada fuera de los móviles, las tabletas y los vehículos de motor- quizá haya alcanzado ya el punto de no retorno (“no return point” para quienes gustan del inglés barato).

Bueno, me atrevo a recordar que la palabra “canícula” (del latín perrita) viene de la constelación del Can Mayor, cuya estrella más brillante, Sirius, se sitúa junto al Sol durante unos cuarenta días a partir del veinte de julio más o menos. Son los días más cálidos del año. Como ocurre con las Osas, hay también una constelación del Can Menor que aquí no interesa. Y es que el sustantivo can ha sido algo así como la denominación erudita del perro, hoy mucho más empleada. Yo creía, como muchos españoles seguramente, que los canarios flauta habían dado su nombre a las Islas Canarias, de donde procedían, pero estaba equivocado. El escudo de aquella Comunidad y los perros de bronce ante la catedral de las Palmas te enseñan que primero fueron los canes, luego el nombre del archipiélago y finalmente el de esos pájaros (no tan amarillos en su versión original).

Por cierto, también hay en el norte de Madrid una pequeña localidad llamada Canencia pues, según dicen, allí se encontraban las perreras reales. Y pongamos punto y final a la columna porque el calor aprieta.