Discriminación en la sanidad pública aragonesa

Leo -y no debería creérmelo pero me lo creo- que se han convocado en la Comunidad de Aragón oposiciones para médicos de familia en Centros de Salud. Sería el desarrollo de la Ley aragonesa de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación entre Hombres y Mujeres, aprobada por unanimidad en abril de 2018. A su tenor se reserva parte de las plazas para facultativos transexuales o con enfermedades mentales que acrediten una discapacitación del 33% como mínimo.

Una vez más, al socaire de una pretendida igualdad se discrimina positivamente a unas personas en perjuicio de otras. Es ésta una relación inevitable. Nadie discute que determinados colectivos merezcan una atención especial por parte de la Administración Pública. Tampoco que una gran empresa pueda emplear a alguien en aquellas circunstancias u otras similares. Todo depende de la diversificación y el rendimiento total de la plantilla. Pero éste no es exactamente el caso comentado.

Aquí interesa más la capacidad que el mérito, pues de lo que se trata es de prestar el mejor servicio público o privado en un campo tan sensible como el de la medicina. El paciente tiene derecho a ser atendido por los mejores profesionales del ramo, sin que quepa disminuir su nivel de exigencias por razones ajenas a los servicios que han de prestar. Quizá en la medicina general el problema no se vea desde el primer momento igual que, por ejemplo, en algunas especialidades, pero en el fondo las objeciones son las mismas.

No es de recibo que un paciente sea operado del corazón por un cirujano llegado a su destino no exclusivamente por sus méritos, sino también, y desplazando a otros más competentes, por el disfrute de una cuota. Puestos a escoger, no hay duda de que el paciente se fiará más de quienes ganaron la oposición o el concurso exclusivamente por sus conocimientos de la materia en cuestión. Por idénticas razones nadie osaría montarse en un avión de pasajeros sabiendo que estaba en manos de quien padecía una pronunciada disminución de su capacidad mental. Aducir la presencia de un ayudante o copiloto sin tal padecimiento servirá para ocultar el problema en mayor o menor grado, pero no lo resuelve.

Está visto que, aparte de lo anterior, ahora nos encontramos con una previsión totalmente inaceptable a favor de los transexuales. Nos merecen tanto respeto como los homosexuales (y los heterosexuales) que, sin embargo, no cuentan con cuota alguna. Es como si se hubiera aprovechado la consideración específica de los enfermos mentales para introducir de matute a los transexuales. Se me oculta el por qué se privilegia a éstos cuando precisamente repetimos como un mantra los principios de igualdad y no discriminación entre hombres y mujeres.

Supongo que la información será veraz, sobre todo porque uno está ya curado de espanto. Vivimos rodeados de la preocupación por el sexo desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. En lugar de insistir en la indiscutible igualdad de las personas al margen de su orientación sexual, que es lo que verdaderamente importa, nos desviamos hacia una discriminación positiva a borbotones, como si la ola de lo políticamente correcto justificara cualquier ocurrencia.