Apuntes sobre la pandemia

El coronavirus tuvo su entrada solemne en España con la gran manifestación feminista del 8 de marzo de 2019. No hablo de responsabilidades. Únicamente constato un hecho. Como el de la muerte masiva de ancianos en guarderías y residencias de la tercera edad, no solo en Madrid sino en toda España, en absoluta soledad, sin atención médica alguna y sin visitas familiares o institucionales. Los cadáveres salían hacía el crematorio o cementerio por la puerta de atrás, casi clandestinamente. Y a los mayores o muy mayores se les advertía de que lo mejor era quedarse en casa porque en los hospitales no se les podía atender, puesto que ya estaban colapsados con otros enfermos de atención preferente. Había que utilizar bien los medios disponibles.

En aquel caos inicial se enmarcan las compras, a veces frustadas, de unas mascarillas cuyo uso se había desaconsejado. Vimos a sanitarios protegidos con bolsas de basura, y faltaban respiradores. Mientras tanto el padre Ángel, cabeza visible de una fundación titular de numerosas residencias de ancianos con su correspondiente cuota de fallecidos, pedía en televisión el premio Princesa de Asturias para el presidente de Gobierno.

El Ejército, como siempre, se dispuso a ayudar en lo que fuera desde el primer día, pero tal vez sobraron las imágenes de los mandos enmedallados en las primeras comparecencias públicas. Ni los soldados eran agentes de la autoridad ni estaban preparados para las labores de un rastreo que pronto perdió todo sentido al multiplicarse los contagios. No me gustó que el prestigioso semanario alemán “Der Spiegel” dedicara media página a la fotografía de un carro de combate (tanque en lengua coloquial) para ilustrar la noticia de que nuestro ejército había entrado en campaña contra el virus.

En cuanto a las restricciones impuestas a la ciudadanía, se empezó con una muy discutible discriminación a favor de los deportistas y dueños de animales de compañía. Se podía correr por la calle, pero no pasear o sentarse en un banco a la puerta de casa. Se podía también salir con el perrito para que hiciera sus necesidades, pero no sacar a un niño ni cruzar a la acera de enfrente para conocer al hijo o nieto recién nacido. Hoy parece, dentro de la pluralidad autonómica, que las recomendaciones se han difuminado un poco. Ya no se habla tanto del lavado de manos ni del cuidado con los pies. No me refiero a las patas de los perros porque, aunque ignoro la razón, no podrían coger el virus ni, menos aún, llevarlo a casa. También se ha disipado la preocupación por las volutas del tabaco. De los rastreadores militares y civiles nunca más se supo.

Hoy, por fortuna, el horizonte empieza a despejarse gracias sobre todo a unas vacunas desarrolladas fuera de la Unión Europea. Sólo la más cuestionada, la británica Astrazeneca tiene un pie en Suecia. Hemos mirado por encima del hombro lo investigado en China, con magníficos resultados en aquel país. Es como si nos resistiésemos a borrar por completo la vieja visión de los chinitos como vendedores de perlas falsas. Tampoco se explica la alergia a la vacuna rusa. La presidenta de la Comunidad de Madrid se ha limitado a tantear la compra preferente de la vacuna a partir de su aprobación por la Agencia Europea. Algo que, con aplauso generalizado, acaba de hacer la señora Merkel en Alemania.

Eso sí, mientras esperamos el final de la pesadilla, seguimos sin penalizar, en el estricto sentido del verbo, a quienes celebran juergas o reuniones colectivas sin mascarillas ni distancia de seguridad. Las multas administrativas no pasan de ser pellizquitos de monja.

Por último procede destacar el absurdo discriminatorio de que un extranjero pueda desplazarse como turista a Baleares, Valencia o Canarias una vez documentado su buen estado de salud, mientras que los españoles no podemos hacer lo mismo aunque presentemos iguales garantías sanitarias. El euro que viene de fuera abre más puertas que el español, quizá porque éste ya se encuentra en casa. No quiero ser muy crítico, pero esto me recuerda un poco los privilegios de los extranjeros en Cuba.