Rizando el rizo del nuevo esperpento gramatical sobre el género

El título me ha salido un poco largo, pero eso resulta casi inevitable en cualquier artículo sobre este afán de algunas feministas (y feministos) por modificar el español de toda la vida para dar a la mujer mayor visibilidad en el lenguaje. Se trata de la reforma del idioma, no desde su base de 600 millones de hispanoparlantes, sino desde el deseo de un número relativamente escaso de personas ajenas a la Real Academia y no muy cualificadas en esta asignatura. Un denodado esfuerzo que nos acaba de ofrecer sus, por ahora, últimas conquistas.

Lejos quedan los avances de Carmen Romero con sus “jóvenes y jóvenas”, de Bibiana Aído con sus “miembros y miembras”, de Susana Díaz con sus “mejores candidatos y candidatas”, de Enrique Abad con sus “soldados y soldadas” y de Eduardo Madina, que se armó un lio con sus “secretarias de áreas y secretarios de áreos”. Iñigo Urkullu encabezó un discurso con “nosotros y nosotras” en la línea del “vamos a dar lo mejor de nosotros y de nosotras”, que ya habíamos oído anteriormente. Y otra ilustre política aseguró que “fue cocinera antes que fraila” . Desde la Real Academia se ha señalado irónicamente que por este camino los “brazos” serían “miembros“ y las “piernas” serían “miembras”. Pero hemos seguido prosperando adecuadamente.

La ministra Inés Montero, cuyos estudios sobre formación lingüística se desconocen, ha arengado a sus seguidores en un reciente mitin con la siguiente perla: “levantad la voz quienes os ha costado tanto ser escuchadas, escuchados, escuchades” . También pretende defender los derechos de “todas, todos y todes”. En realidad, ya apuntaba maneras cuando, según las crónicas, adelantó aquello de “hijos, hijas, hijes, niños, niñas y niñes”.

Al principio no me lo podía creer, pero así se ha recogido la nueva aportación gramatical en nuestros más solventes medios de comunicación y, la verdad, sería un poco pueril sorprenderse a estas alturas con tales inventos hacía la igualdad de géneros y géneras, o de sexas y sexos. Simone de Beauvoir dedicó uno de sus libros más célebres a “ El segundo sexo”, una antigualla cuando andamos descubriendo el tercero.

El plural inclusivo y omnipresente no cabe en ningún texto literario que se precie. Bien está lo de señoras y señores al inicio de un discurso, pero nadie podría leer un Quijote reescrito con esos tres plurales: el masculino, el femenino y un no se sabe qué. Tampoco conocemos bien el significado de esos (o esas) “ies”. ¿Se refieren al colectivo LGBT o también a otras personas?. Nos gustaría salir de dudas con la próxima entrega sobre el particular. El futuro es prometedor si se repara en la conjunción de estos nuevos elementos lingüísticos con la posibilidad de cambios personales a discreción en el sexo de cada uno.

Por desgracia, algunos discutibles avances en la renovación del castellano para expurgarlo de reminiscencias machistas se han instalado ya – me temo que con vocación de permanencia – en la prensa oficial por ejemplo, el ministro ha sido sustituido por “la persona titular del ministerio”, y algo similar ha ocurrido a niveles más bajos, como si el ministro no fuera el titular del ministerio. La lengua tiende a la economía contra la palabrería innecesaria. Gracias a Dios, el invento no ha llegado aún a la Constitución, pero los Reales Decretos, por ejemplo, son terreno conquistado.

¿Qué escribiría si le dejaran el machista Quevedo, autor de “La culta latiniparda”?.

Dicho sea todo ello con el mayor respeto al feminismo de verdad, el que reivindica los derechos de la mujer seriamente y sin hacer el ridículo. Como es sabido, hay personas, mujeres y hombres, con las que uno no iría ni a cobrar una herencia.