Los mayores a la cola de la vacunación

No hay duda de que los muy mayores, llamémosles así, han sido especialmente afectados por el coronavirus, quizá incluso más que los propios sanitarios que desde el principio se jugaron la vida en el cumplimiento de sus obligaciones profesionales (sobre todo por falta de mascarillas y otro material de protección). Pero hoy sólo quería retomar, actualizadas, las legítimas quejas de las personas de avanzada edad respecto a la atención recibida (o no recibida) en esta campaña de vacunación. Algo escribí sobre el mismo tema en esta columna hace un mes.

Desde entonces nada ha variado, excepto, precisamente por ello, las razones para dirigirse a la autoridad competente con algo así como un S.O.S., porque el tiempo pasa y la situación de muchos mayores es claramente discriminatoria. Se ha atendido a los que se encuentran en geriátricos o establecimientos similares, y se ha vacunado también a quienes su estado físico y psíquico les ha permitido trasladarse a un determinado centro. Ahora bien, los que precisan de atención domiciliaria – los más vulnerables por su muy avanzada edad y probable concurrencia de graves patologías- siguen esperando a Godot.

El ritmo normal de la vacunación ha llegado ya a personas de mediana edad, siempre con tendencia descendente, mientras los nonagenarios de escasa o nula movilidad continúan a la espera de que un día, si no es demasiado tarde, se acuerden de ellos. Los gastos de la vacunación domiciliaria no serán menores con las demoras si no ha disminuido antes el número de los viejecitos a los que atender.

Lo lógico sería comenzar vacunando a los muy mayores con independencia de donde se encuentren. Luego vendría el descenso acorde con la edad, pero en paralelo, sin dejar para el final las vacunaciones en casa. Uno, que ya es mayorcito, siente vergüenza cuando algún amigo extranjero se sorprende mucho de que aún no haya sido vacunado. Los amigos españoles también se sorprenden, pero menos. Se ve que aquí estamos más acostumbrados a estas cosas.

Tal vez tengamos la mejor medicina del mundo, o casi, pero nos falle la organización.