Historia, memoria e ignorancia

El alcalde de Palma de Mallorca ha decidido quitar de tres calles de la capital los nombres de tres almirantes, Churruca, Gravina y Cervera, que nada tienen que ver con el régimen de Franco, sencillamente porque son anteriores a nuestra Guerra Civil. Aunque en España hayamos alegremente el progresivo deterioro de nuestro sistema educativo, el munícipe no ha dejado de asombrar un poquito al alegar en su defensa que él ni siquiera sabía quiénes eran esos señores. La cosa es grave, pero aún más lo sería la generosa retribución de un asesoramiento por pretendidos expertos. Ignoramos si se repondrán o no las placas, pero eso es lo de menos para estas líneas.

Lo triste es comprobar que la burricie nacional y autonómica entre las nuevas generaciones ha alcanzado triunfalmente cualificadas cumbres del poder. Son analfabetos funcionales y a veces enciclopédicos, porque no saben nada de nada. No se atisba el menor síntoma de que haya propósito de enmienda, sino todo lo contrario. La meta parece ser la igualación por abajo con el mínimo esfuerzo como bandera. Creo que está bien lo de aprender jugando o interaccionando, como pedantemente se dice ahora, pero ello ha de hacerse en serio, sin merma del esfuerzo e incluso de la memoria, con perdón, cuando proceda.

La memoria es imprescindible para conocer la historia, sin perjuicio de que luego la razón trate de conectar sus páginas preguntándose sobre el porqué de lo ocurrido. Recuérdese el relato de Giovanni Papini en su libro Gog sobre la historia narrada y explicada al revés. Y lo mismo sucede con la geografía, sea para aprender los nombres de los grandes ríos europeos o los cabos de nuestras costas. Sí, sé que todo eso se puede consultar en la tableta, pero tal objeción es como remitirse a una biblioteca sin leer sus libros. ¿Y la tabla de multiplicar? Me replicarán que para eso está el móvil.

Quienes hoy viajan por poco dinero a países lejanos vuelven a casa con personales impresiones que el españolito de hace años no podía tener. Pero entre dos días en Londres y la historia de Inglaterra hay un abismo. Confío en que más de un lector me entienda, sobre todo si repara en la diferencia cada vez mayor entre lo que él aprendió y lo que saben (o no saben) a la misma edad sus descendientes.