Reflexiones de un católico viejo

Los “viejos católicos” de la ciudad de Constanza y otros lugares próximos al lago de tal nombre rechazan el primado del Papa y su infalibilidad. No son muy numerosos, apenas una nota a pie de página en la historia de la Iglesia, y poco tienen en común con la generación de españoles a la que este articulista se refiere, los niños y jóvenes de la postguerra. También nosotros, o muchos de nosotros, nos sentimos como viejos católicos, o católicos viejos, aunque por razones muy distintas.

No creo que los colegios de jesuitas fueran entonces una excepción en el panorama de lo que se ha venido a llamar nacionalcatolicismo , bien reflejado en el eslogan “por el Imperio hacía Dios”. Aquí sólo se pretende recordar lo que se nos enseñaba en un colegio de la Compañía a la que pertenece el Papa Francisco. Una exposición que se desdobla en dos apartados. Uno, sobre las cuestiones silenciadas hoy como obsoletas o incomodas. Y otro dedicado a la sexualidad.

Por lo que hace al primero, ya no se habla siquiera del limbo y también el infierno ha perdido actualidad. Además, su mera existencia no presupondría necesariamente que haya condenados al mismo. De las indulgencias nadie se acuerda y algo similar ocurre con las bulas. De otro lado, quien defendiera la literalidad (o casi) de aquel “fuera de la Iglesia no hay salvación” sería tildado de integrista, pese a que al bautismo propiamente dicho se le sumaran el bautismo de sangre, el de deseo y otros que no podemos detallar aquí. Y ya no es pecado gravísimo defender la separación entre la Iglesia y el Estado. Hasta admitimos la libertad de expresión aunque la consideremos errónea. Antes sólo había libertad para proclamar nuestra verdad.

Pero ha sido el tema de la sexualidad el que me ha animado a escribir esta columna, partiendo de la posición de la Congregación por la Doctrina de la Fe en el sentido de que la Iglesia carece de potestad para bendecir en matrimonio a las uniones de personas del mismo sexo. No entro ni salgo en la cuestión del matrimonio homosexual en el ámbito civil. Lo que digo es que la sexualidad era el eje de nuestra formación cristiana, con enseñanzas que hoy, al menos aparentemente, han queda trasnochadas.

En el sexto mandamiento no había parvedad de materia. Todo pecado, también los de pensamiento, eran mortales y se castigaban con el infierno eterno. El uso de razón exigible para merecer tan grave condena se adquiría hacía los siete u ocho años (edad normal para recibir la primera comunión) . Los ejemplos expuestos en los ejercicios espirituales reforzaban tan drástica doctrina. Pecado mortal era todo deleite sexual fuera del matrimonio.

Nadie nos ha pedido perdón por los traumas que tales enseñanzas han producido en varias generaciones. Tal vez muchos más que los casos de pedofilia. ¿Sigue siendo pecado mortal el uso del preservativo para evitar la procreación?. A muchos cristianos viejos les gustaría saber qué se nos enseñó de más o de menos, o tener la seguridad de que continúa teniendo validez lo que aprendimos durante nuestra infancia y juventud.