La vacunación de los mayores

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Los abuelitos seguimos siendo una lata. Hace meses nos moríamos al por mayor en las residencias y geriátricos, colapsando los servicios públicos, las funerarias y los centros de incineración, hasta el extremo de que se nos invitaba amablemente a quedarnos en casa y renunciar a toda asistencia médica. Y ahora resulta que nos quejamos de no ser los primeros en vacunarnos cuando, por ejemplo, no somos ni militares ni bomberos en la flor de la vida. Claro que quizá dejaríamos de dar la tabarra si se nos demostrara que todos los componentes de los colectivos privilegiados - no se discute el merecido trato preferente a la mayoría de ellos- se encuentran en mayor riesgo que estos viejecitos que, pese a su número relativamente escaso, conforman los dos tercios o más de los fallecidos, unos 70.000.

Muchos de nuestros mayores – en ocasiones nonagenarios - que escaparon a la primera ola, podrían pensar que, aunque solo fuera para compensar el desamparo anterior y en atención a su vulnerabilidad, se les tendría muy en cuenta para la vacunación. Tal vez eso haya sido así en algunas autonomías, pero al menos en Madrid continuamos aislados, cada uno en su particular campana neumática, a la espera de que suene el teléfono y se nos informe de dónde y cuándo nos toca. Sería – o será - la primera vez que la Administración Central o la Autonómica nos darían una buena noticia cuando está en riesgo nuestra vida.

Leemos que la segunda vacuna de AstraZeneca estaría en el aire para más de 900.000 españoles, pero la verdad es que la mayoría de los abuelitos no ha recibido siquiera la primera dosis. Además existen otras vacunas sin inconvenientes para las personas de avanzada edad. Aquí la buena organización juega un papel fundamental, aparte de los avances farmacéuticos. No sería mucho pedir que, con independencia de las excepciones por razones profesionales u otras de similar importancia, dispusiéramos ya de un almanaque para el resto de la población, sujeto naturalmente a posibles cambios, pero muy valioso y tranquilizador para quienes un año después del inicio de la pandemia se sienten tan invisibles como al comienzo. Como es sabido, los viejecitos ni se manifiestan en las calles ni son muy dados a las plataformas reivindicativas.

Uno oye en radio macuto que también se distingue entre los clientes de la Seguridad Pública y los de la privada, en perjuicio de éstos últimos, pero no acaba de creerse tal discriminación cuando las vidas de unos y otros son igualmente valiosas. Si me equivoco, pido perdón, pero la causa del error sería la ausencia absoluta de información fiable cuando tanto hablamos de transparencia.

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