Esperando a Godot

GRAFCAT4895. BARCELONA (ESPAÑA), 14/04/2020.- Voluntarios de la ONG Open Arms trabajan haciendo ensayos clínico para identificar tratamiento de emergencia del Covid-19, en una residencia de Barcelona, este martes trigésimoprimera jornada del estado de alarma sanitaria decretada por el Gobierno a causa de la pandemia del coronavirus.EFE/ Quique García |

Los viejecitos españoles, nuestros mayores, a los que tanto debemos y a los que tanto queremos, quizás tengan razón y motivos suficientes para responder a tan bonitas palabras con un gesto de amargura, siempre, claro está, que todavía no se hayan quedado en el camino. Los millares de fallecidos en los geriátricos y residencias de ancianos, así como los que murieron en sus casas porque se les negó el ingreso en un centro hospitalario, han quedado definitivamente atrás como dolorosa excepción de lo repetido oficialmente para endulzar la pandemia.

Desde la Fiscalía General del Estado y alguna Vicepresidencia del Gobierno se nos prometió enseguida una investigación con exigencia de responsabilidades si las hubiera. Hasta hoy. De vez en cuando leemos algo sobre la apertura de un expediente aquí o allá, pero eso nos sabe a poco. La transparencia y el simple conocimiento de la verdad saldrían mejor parados si se nos informara, al menos, de la cifra de muertos en cada residencia y si aquella debacle ha tenido ya, casi un año después, alguna consecuencia en los ámbitos administrativo o penal.

¿Cuántos viejecitos han muerto hasta ahora por el coronavirus? Está muy bien eso de la incidencia acumulada, la ocupación de camas en las “UVI” y otras informaciones por el estilo, pero sin relegar al último lugar, casi en letra pequeña, la cifra de muertos, unos trescientos o cuatrocientos al día, que es lo más objetivo e indiscutible de la situación en la que nos encontramos. La base más firme sobre la que sustentar después las opiniones del lector. Y si no es mucho pedir, no sólo a los abuelitos les gustaría saber cuántos de los fallecidos antes y ahora pertenecen a la tercera edad o la cuarta.

También sería interesante saber por qué, en las vacunas, los bomberos u otros colectivos similares gozan de preferencia sobre las relativamente escasas personas de, por ejemplo, más de 90 años.

A los ancianos no sólo se les trató mal al comienzo de la pandemia. Su discriminación negativa sigue siendo una triste realidad. El aviso para ser vacunados no acaba de llegar, como Godot en la obra de Samuel Beckett. Las Administraciones, tanto la Central como las Autonómicas, suelen ser muy diligentes en defensa propia, pero no siempre están o se las espera cuando las necesitan esos viejecitos que merecen todos nuestros desvelos, etc…