El envés del progreso

No hay duda de que se vive mejor que antes. Menos enfermedades y vida más larga y sana, por no hablar de todo aquello relacionado con la economía. Hay países muy desarrollados y otros no tanto, o claramente subdesarrollados, pero lo dicho más arriba vale, con las ineludibles matizaciones, para todos ellos.

Ocurre, sin embargo, que pasamos de puntillas sobre los riesgos que el progreso ha supuesto, y supone, para la existencia misma de la especie humana. No me refiero a los cánceres en los niños, poco menos que desconocidos en mi infancia, ni al Alzheimer, que ha venido a sustituir al abuelito chocheante pero con memoria, sino al hecho de que hasta ahora no habíamos tenido motivo alguno para preocuparnos por la suerte de la Humanidad en su conjunto.

La energía nuclear fue una primera advertencia, aunque casi olvidada puesto que han corrido los años sin que se haya materializado el peligro. Ni apocalípticas tragedias en su uso pacífico, pues lo sucedido en Chernóbil quedó más bien en un serio aviso, ni guerras atómicas. Nadie apretó el botón rojo en defensa de su sacrosanta concepción del mundo, de la dignidad ofendida de su patria o, sencillamente, por una perturbación mental más o menos momentánea. Pero el cálculo de probabilidades, extendido a decenas de milenios, no permite negar la evidencia de que hasta el siglo XX no existió esta amenaza para nuestro futuro colectivo.

Y a principios del siglo XXI nos encontramos con la pandemia del coronavirus, íntimamente ligada a la facilidad de los desplazamientos a lo largo y ancho del planeta. La aldea global – otro avance del que nos sentimos orgullosos – hace que la enfermedad ya no se limite a una ciudad o región, sino que nos afecte a todos con independencia de la geografía. En algunos lugares podía morir la mitad de los habitantes, hasta que la epidemia desaparecía por la inmunidad del rebaño o por lo que fuera, pero hoy corremos el riesgo de que las mutaciones de un virus mortal vayan por delante de las vacunas. Y tampoco hay que desechar la idea de un nuevo virus como indeseado producto de laboratorio y tal vez más letal que todos los aparecidos hasta el presente.

En fin, que algunos hemos tenido en nuestros pocos años de vida – comparados con la presencia del hombre sobre la Tierra – el dudoso privilegio de haber sido testigos de cómo por primera vez estamos en condiciones de terminar directa o indirectamente con el homo sapiens. El hada madrina del progreso nos ha dejado también algún regalo siniestro junto a la cuna.