Santiago Matamoros

Empezaré confesando mi escepticismo, ampliamente compartido, sobre el relato jacobeo que empieza con el descubrimiento de los restos mortales de Santiago el Mayor, los mismos que hoy se conservarían en la majestuosa Catedral de Santiago de Compostela. Los historiadores son los que deben pronunciarse sobre el particular, no dando a las tradiciones religiosas más valor que el que le corresponda. En estas líneas no juegan papel alguno la barca de piedra que habría traído el cadáver del apóstol desde Jerusalén, ni el eremita Pelayo, ni Teodomiro, obispo de Iria Flavia, ni la Vía Láctea, ni el Camino, ni la inquietante sombra del hereje Prisciliano.

Y es que aquí no interesa el pacifico apóstol que se dedicó a predicar el mensaje de Cristo en Tierra Santa, donde fue decapitado. El protagonista de este artículo es Santiago Matamoros, nuestro Santiago Matamoros, más conocido por lo que su apodo revela que por su labor evangelizadora. Santiago Matamoros y España sólo están unidos, pero muy fuertemente, por la belicosidad del santo a favor de los ejércitos españoles en sus numerosas batallas contra las sarracenos, moros, almohades, benimerines y otros seguidores de Mahoma.

Se podrá discutir e incluso negar la aparición de Santiago sobre un caballo blanco (naturalmente) en la batalla de Clavijo, allá por el año 844, decapitando moros a mansalva y dando la victoria al rey Ramiro I de Asturias. Lo que no admite discusión es que a partir de entonces el prestigio de Santiago Matamoros fue en aumento hasta ser proclamado Patrón de España. El grito de “Santiago y cierra España” se conserva como invocación del Santo cuando nuestros soldados van a entrar en combate, como sucedió, por ejemplo, en la batalla de Las Navas de Tolosa.

Yo recibí mi primera comunión en un colegio religioso de Valladolid con Santiago Matamoros en el Altar Mayor. El mismo Santiago venerado a pocos metros de distancia en la iglesia de ese nombre, la más céntrica de la ciudad. Y siempre, siempre, nuestro santo blandía un espadón o sable con el que cortaba las cabezas de los musulmanes de tez oscura y turbante que se retorcían a los pies del caballo. Santiago Matamoros, se convirtió en un hito esencial de la Historia de España, como Sagunto, Numancia, los Reyes Católicos, el descubrimiento de América, Lepanto y Cervantes.

Me temo, sin embargo, que pronto estaremos hablando en pretérito para seguir las directrices de la Alianza de Civilizaciones, el buenismo y la concordia universal. Acabo de leer – y supongo será cierto - que el Santiago Matamoros de la Catedral de Santiago ha sido desplazado a otro altar menos aparente, dedicándose el anterior al obispo San Teodomiro, un perfecto desconocido al este del puerto de Pidrafita. Pronto vendrá la ocultación de los moros con algunos decorados o faldillas. Y así hasta que Santiago Matamoros se nos quede en una leyenda difusa y lejana, pero políticamente correcta.

San Jacobo, San Diego, San Yago y San Jaime son otra cosa. Como Santiago sin el Matamoros.