La enseñanza de niños con discapacidad

16/06/2020 La ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá, interviene durante la comparecencia en rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros celebrado en Moncloa, en Madrid (España), a 16 de junio de 2020. POLITICA EUROPA PRESS/E. Parra. POOL - Europa Press |

La controversia sobre la enseñanza de los niños discapacitados ha saltado al primer plano de la actualidad con motivo de la llamada Ley Celaá. Si no recuerdo mal, es la octava desde la transición, pero no parece revertir la línea aquella del “progresa adecuadamente”, sea en el aprendizaje de las ciencias y las letras, sea en los principios cívicos y democráticos, sea en la consolidación de la ignorancia original.

Amparado en la libertad de expresión, permítaseme decir que, según veo en mi propia descendencia, también los buenos estudiantes saben hoy, en general, menos que antes. Me refiero, claro está, a lo que se esperaba de los colegios e institutos. Cualquier mujer de la limpieza, si es hispanoamericana, habla mejor el español que la mayoría de sus empleadores o empleadoras. No vale perder el tiempo discutiendo sobre evidencias. La geografía acaba en los límites de la comunidad autónoma. Y la tabla de multiplicar se conservará junto al metro de platino iridiado que se guarda en el museo de pesas y medidas de París.

En este contexto, no muy halagüeño, los centros de educación especial para niños discapacitados o con alguna forma de retraso mental constituyen un avance reconocido tanto por los padres como por los profesionales de la medicina, la psicología y la educación. La consecuencia lógica sería no cambiar lo que funciona razonablemente bien. Sin embargo, uno observa en la nueva ley un claro impulso de equiparación a la baja de los alumnos. El poder pasar de un curso a otro con dos suspensos sería un botón de muestra rozando la contradicción, pero hay muchos más. Ocurre que suprimir los centros de formación especial para los niños discapacitados puede ser un disparate desde varios puntos de vista.

La crítica ha puesto el acento en lo que tal proceder significa para estos niños que habían encontrado un marco social entre sus iguales y una atención especializada en sus educadores. Hasta ahora disfrutaban de una vida más gratificante, donde sus particulares problemas se difuminaban y la crueldad, también infantil, no tenía cabida. El niño discapacitado sería en un colegio ordinario el último de la clase, con todo lo que eso significa. Y el escaso personal especializado del que disponga el centro apenas servirá de algo.

Pero hay otro aspecto de la cuestión que no ha suscitado tanto interés, aunque lo merezca. Es el de lo que esa integración forzosa supone para el aprendizaje del grupo. Más fácil será la labor del maestro mientras mayor sea la homogeneidad de los alumnos. El tiempo de más para atender al discapacitado lo será de menos para el resto de la clase. El soldado más lento es el que marca el paso de todo el batallón.

Claro que los ricos siempre encontrarán, aquí y si es preciso en el extranjero, un centro donde no haya que temer experimentos de laboratorio con sus hijos como conejillos de Indias.