Los allegados navideños

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El titular del Ministerio de Sanidad presentó hace un par de días su plan para las Navidades y, en relación con los “allegados”, se remitió al sentido común, concluyendo con un categórico “todos sabemos lo que es un allegado”. Lamento discrepar del señor Ministro, pero creo que sus declaraciones, perfectamente aceptables en una charla de café, son el mejor testimonio de que la palabra en cuestión es demasiado imprecisa para ser utilizada en un texto jurídico que, además, cuenta con el respaldo de un régimen sancionador.

Tres son las definiciones de “allegado” en el DRA y las tres son demasiado gaseosas como para ser interpretadas y aplicadas no sólo sobre la marcha por el guardia de turno en un control de autopista, sino también por los responsables a la hora de imponer y motivar la multa.

“Allegado” significa en su primera acepción “cercano o próximo en el espacio o en el tiempo”. En la segunda se recoge como “dicho de una persona cercana a otra en parentesco, amistad, trato o confianza”. En la tercera es “la persona que vive transitoriamente en casa ajena, por lo común sin ser pariente”.

El vocablo, se mire como se mire, es incompatible con una mínima seguridad jurídica, pero aquí lo más preocupante no es, con serlo mucho, su empleo en un tipo sancionador, sino su inanidad para la contención de la pandemia durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Suponemos que no toda cercanía, proximidad, parentesco, trato, confianza o convivencia transitoria servirá de excepción para una movilidad limitada en principio por los confinamientos perimetrales. Tampoco parece acertado mencionar expresamente la familia cuando ya tenemos el parentesco. Son bonitas palabras cuya interpretación puede dejarse, por lo que valga, a la responsabilidad de quien las reciba como recomendaciones, pero inapropiadas en un ámbito jurídico y coercitivo.

O al final nos conformamos con unos controles de muestreo o sufriremos grandes atascos de escasa utilidad. A nadie se le oculta que lo normal será precisamente ir o venir de una celebración con, repitámoslo, parientes, amigos u otros allegados. La gente no suele desplazarse para pasar las fiestas con personas desconocidas o que le son irrelevantes. Y menos, corriendo el doble riesgo del embotellamiento y del agente de la autoridad convertido en intérprete y rápido ejecutor de una oscura normativa.

Nadie ha explicado tampoco de qué modo se comprobará desde una carretera si el pariente realmente existe y espera esa visita. O si el amigo es muy amigo y lo que diga por el móvil es verdad. La cadena de posibles respuestas e incidencias lleva inevitablemente al absurdo. Se hará como si se hace, pero poco más.

Y para terminar, un pequeño cambio de escenario con problemas similares. Se nos dice que “no podemos poner un policía en cada casa”. Quizá no sea del todo cierto, porque en la puerta sí que se puede. Sólo que el domicilio es inviolable y únicamente se puede entrar en el mismo con la voluntad del dueño o, en caso de delito, si lo autorizase un juez. La única excepción a favor de la policía es que se esté cometiendo un delito flagrante. Pero las infracciones a las que nos referimos son exclusivamente administrativas.

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