La vergüenza de Arguineguín

Guardo el mejor recuerdo de mis muchos años en las Palmas de Gran Canaria, cuando el sur de la isla empezaba a abrirse al turismo. Un par de hoteles en Maspalomas y luego Arguineguín, un pequeño pueblo de pescadores. Y Mogán, y Puerto de Mogán. Y el nacimiento de Puerto Rico y Patalavaca. Pero no hace falta remover la memoria para lamentar profundamente lo que allí está ocurriendo con la llegada masiva de inmigrantes que vienen en cayucos desde Marruecos, Senegal o Mauritania.

Han sido miles los inmigrantes hacinados en los muelles de Arguineguín, al aire libre, durmiendo literalmente en el suelo, privados de los más elementales servicios higiénicos, sólo a la espera de lo que sobre ellos se decida mañana allí o en Madrid, que a lo peor es, como ayer y anteayer, nada o casi nada. Su número crece a razón de varios centenares por día y, pese a la buena voluntad de los hoteleros y promotores turísticos, la solución del problema no puede quedar al albur de estos ofrecimientos y al esfuerzo solidario de las personas y organizaciones privadas.

El espectáculo es lamentable, primero porque afecta a la dignidad de las personas y después porque atenta contra el prestigio de España como gran democracia defensora de los derechos humanos y como potencia del primer mundo, ese al que pretenden acceder, jugándose la vida y gastando los ahorros de toda su familia, quienes vienen, más que huyendo de guerras o persecuciones políticas, buscando trabajo y un futuro mejor.

El problema es de primera magnitud y no exclusivamente de España, pero así no se puede seguir. Habrá que cerrar algún acuerdo con los gobiernos de nuestros vecinos africanos para poner coto a esta invasión masiva, muchas veces superior a la habitual. O introducir en nuestra legislación los cambios que procedan. O preparar alojamientos, centros de asistencia y cuanto sea preciso para la atención material de quienes arriban a España poco más que con lo puesto. No se puede ir siempre a remolque de los acontecimientos.

Todo menos dejar a la alcaldesa de Mogán tomar la solución desesperada de poner autobuses a disposición de los que quieran trasladarse a Las Palmas con la esperanza de encontrar en la capital de la provincia nuevas oportunidades de lo que sea. Se supone que, en el mejor de los casos, para trabajar en la economía sumergida, difuminando así su ilegal entrada en España. Más vale no hablar sobre lo que tal estado de cosas significa para el turismo, la principal fuente de ingresos en la isla y particularmente en su litoral del sur.

La pandemia del coronavirus no resta importancia a esta cuestión, pues incluso ignoramos si en el futuro puede acabar habiendo una preocupante relación entre ambas, pandemia e inmigrantes. Aunque estos hayan dado negativo a su llegada, bien pueden infectarse después, sin que su control sea sencillo. Las escenas de Arguineguín me producen dolor, indignación y vergüenza. Y me traen a la memoria un preocupante recuerdo.

La alcaldesa se preguntaba si Canarias recibiría más atención con un partido separatista. Quizá estuviera pensando en el MPAIAC, hoy tan olivado como su líder Cubillo, víctima de un atentado en Argel pero fallecido como “reinsertado” en Santa Cruz de Tenerife. Nunca se supo quiénes estaban detrás de los que le dispararon cuatro tiros a la entrada de su casa.