Las medidas contra el coronavirus

A principios de marzo pasado todavía se negaba en España la mera posibilidad de que el nuevo virus procedente de China fuera un peligro serio para todos nosotros. No hablo, naturalmente, del pueblo llano, sino de quienes por sus responsabilidades políticas o sanitarias tenían la obligación específica de estar bien informados. China es un gran país con el que mantenemos relaciones diplomáticas normales y un importante intercambio comercial. Quizá hayamos pecado de no habernos fijado mejor en lo que allí llevaba ya ocurriendo durante algún tiempo.

Nuestra respuesta a la pandemia fue después una de las más drásticas de todo el mundo, pero comparativamente poco exitosa. Pese al confinamiento y demás medidas del estado de alarma, hoy nos encontramos peor que otros países que, como Irán e Italia, fueron los más afectados en un primer momento. Y hoy seguimos siendo uno de los farolillos rojos de la Unión Europea.

Para no caer en el masoquismo me limito a citar, sin entrar en detalles, el todavía muy discutido y discutible número de fallecidos. Algo sorprendente cuando, según creíamos, disfrutábamos de la mejor medicina pública del orbe, y tal vez de una medicina privada aún mejor, puesto que es en muchas ocasiones la preferida por los funcionarios públicos, incluido algún miembro relevante del Gobierno.

No se crea, sin embargo, que nuestra lucha contra la pandemia ha sido una línea recta. Ahí van algunos cambios y contradicciones para la crónica de estos últimos meses.

Primero se nos dijo que las mascarillas no servían de mucho (la verdad es que no las había), llegándose a desaconsejar su uso. Lo que había que cuidar mucho era no tocarse la cara. Hoy las mascarillas son complemento obligado de la inmensa mayoría de los españoles en sus actividades cotidianas. Pero, al contrario, lo de no tocarse la cara ha caído en el olvido, probablemente porque si las mascarillas se ponen, se quitan y se vuelven a poner para, por ejemplo, comer o beber, de poco valdrá aquel consejo. Situación que se repetirá con las mascarillas de un niño obligado a ponérsela en el colegio desde los seis años.

Y ahora, con varios meses de retraso, oímos hablar del papel crucial que en la guerra contra el coronavirus les corresponde a los rastreadores, pues gracias a ellos identificamos a los infectados o posibles infectados que han de ser sometidos a cuarentena. Uno querría saber algo más acerca de cómo se les nombra, qué conocimientos se les exige, cómo se retribuyen sus servicios, qué competencias tienen frente a un ciudadano no siempre dispuesto a colaborar, qué podrán hacer y qué no, sin olvidar su consideración jurídica. El Ministerio de Defensa ha ofrecido centenares de efectivos y la Legión ha engrosado la oferta.

Las volutas del humo del tabaco, como vehículo para transportar el virus más allá de un metro y medio, gozaron de cierta cobertura en nuestros medios de comunicación, pero parece que han perdido interés. No es fácil fumar con la mascarilla puesta.

Y en cuanto a los aerosoles en general, las ventajas de los espacios abiertos y la repetida distancia interpersonal, ahí están, o estaban, los grandes jardines cerrados y el metro siempre rebosante en las horas puntas. O los aviones con sistemas de aireación que no pueden adaptarse a ningún establecimiento hotelero por razones que ignoro.