Vírgenes, perros y una comparación desafortunada

El Secretario de Estado del Ministerio del Interior ha defendido la concesión de distinciones honoríficas a seis perros de la policía por su labor en la detección de drogas y armas. Y como respuesta a posibles críticas ha acuñado una frase lapidaria que merece algún comentario: “ellos salvan vidas, las vírgenes aún están por probar”.

Para defender el detalle ministerial de la mención honorífica a estos canes no hace falta trazar comparaciones recordando que en España abundan las vírgenes (o mejor, las más diversas advocaciones de la Virgen) militarmente homenajeadas. Una puede ser capitana general y la otra recibir un bastón de mando. Esto es así, aparte de que no nos guste a muchos ciudadanos, entre ellos a mí. Las circunstancias históricas han jugado y juegan un papel decisivo en tal práctica. La costumbre viene de muy atrás, pero se aviene mejor con el nacionalcatolicismo, por poner un ejemplo extremo, que con la vigente constitución.

El mandato a los poderes públicos para tener en cuenta “las creencias religiosas de la sociedad” y “mantener las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las diversas confesiones”, según dispone el artículo 16.3 de nuestra Carta Magna, no puede servir hoy de justificación a tales prácticas. Es obvio que en la actual población española crece el número de ciudadanos de religiones distintas al catolicismo, indiferentes, escépticos o simplemente ateos.

En definitiva, no tengo por qué elegir pero creo que, sobre todo, han de evitarse odiosas comparaciones entre los méritos de la Virgen y los perros en esta y en cualquier otra materia.

Salvador de Madariaga decía en la BBC, durante el franquismo, que lo contrario de una bofetada en la mejilla derecha no era una bofetada en la mejilla izquierda. Se puede defender o condenar algo sin ofender al prójimo. Y se puede galardonar a los educadores de los sabuesos, dejando siempre a la Virgen en paz. Bastante enrarecido está el ambiente como para echar leña al fuego, intencionadamente o no, con ocurrencias desafortunadas e impropias del cargo público que ocupa su autor.