Los Estados Pontificios y la Ciudad del Vaticano

Se dice que Dios escribe con renglones torcidos y aquí podemos poner un ejemplo. La conocida frase tiene a Dios por sujeto, pero quizá no sea desafortunado aplicarla ahora a la Iglesia Católica, ya que lo que se pretende en estas líneas es recordar los grandes beneficios que la extinción de los viejos Estados Pontificios ha supuesto para el papado propiamente dicho. Mejor la Ciudad del Vaticano que el antiguo reino con millones de habitantes.

Los papas, aparte de sucesores de San Pedro y vicarios de Cristo en la Tierra, fueron igualmente monarcas temporales de los Estados Pontificios desde el siglo VIII hasta el 20 de septiembre de 1870, cuando en el curso de la reunificación italiana las tropas reales vencieron la débil resistencia de los soldados zuavos con que contaba el Papa Pio IX. Así desaparecieron los Estados Pontificios, un conglomerado de territorios en el centro de la Península Itálica. Su origen se encontraba en sucesivos regalos, entre los que destacaría, como precursora, la Donación del Emperador Constantino, puesta en entredicho desde hace varios siglos.

Pero todo esto es historia y el título de la columna no va por ahí, sino porque en los asuntos temporales es grande la diferencia entre predicar y dar trigo. Resulta más fácil reprochar al prójimo no haber encontrado una solución al problema de la inmigración ilegal hacia Europa que informar seriamente sobre lo que debe hacerse en tales circunstancias. ¿Seguirían los Estados Pontificios una política de puertas abiertas para cuantos inmigrantes hubieran decido jugarse la vida en una travesía organizada por mafiosos traficantes de hombres? No lo creo, como no creo tampoco que se admitieran muchos minaretes junto a los campanarios. Ahora, sin embargo, se puede predicar en un sentido u otro desde la barrera y sin compromiso alguno. Hay palabras y gestos, pero nada más.

La reunificación italiana y los Tratados de Letrán, o sea la extinción de los Estados Pontificios y su muy posterior sustitución por el Estado de la Ciudad del Vaticano hace ahora ciento cincuenta años, han sido una bendición para el papado. Piénsese en la contestación democrática a una monarquía absoluta, en la problemática laboral, en la pluralidad política y sindical, en la igualdad entre los sexos y en tantas y tantas cuestiones que demandan una solución política y no religiosa.

Las preguntas, naturalmente, no acaban aquí, porque hay también espinosas cuestiones a caballo entre la religión, católica en nuestro caso, y la política. La eutanasia, la criminalización del aborto, la píldora del día después y el empleo de preservativos para evitar la procreación, entre otras.

Parece que, efectivamente, el Espíritu Santo ha utilizado renglones torcidos para evitar al papado muchos de los problemas que hoy tendrían los Estados Pontificios.