Cocolín

Como cada uno tiene sus aficiones y rarezas, este columnista colecciona esquelas. Las hay verdaderamente increíbles. Desde aquella en la que el difunto mismo comunica su fallecimiento e invita a su funeral hasta aquella otra en la que se afirma categóricamente que el finado llegó al cielo a las dos horas quince minutos. Hace algunas semanas publiqué en este diario un articulito a propósito de una esquela en cuya lista de deudos que rogaban una oración por el alma del difunto figuraban sus perritos. Pensé que era una perla solitaria, pero en el ABC del día 5 de los corrientes he encontrado otra en la que las mascotas ocupan igualmente un lugar privilegiado.

El finado se considera “bilbaíno por nacimiento, castellano por sentimiento, y español por convencimiento”, lo que bastaría para que me cayera bien sin necesidad de recabar más detalles sobre sobre su biografía. Yo pertenezco a esa mayoría de ciudadanos que pone su condición de español por encima de cualquier consideración geográfica o cultural. Las patrias chicas son perfectamente compatibles con el amor a España como patria grande.

Pero regresemos a la esquela. Se afirma en ella que el fallecido estuvo “acompañado de Cocolín, el amor de su vida”, de forma que, como en la relación de quienes ruegan una oración por su alma sólo aparecen los hijos y otros parientes, procede concluir que Cocolín es con casi absoluta seguridad un perro fiel, uno de esos cuya capacidad de afecto supera a veces a la de las personas. A diferencia de lo que sucedía en aquella otra escena, aquí no hay ninguna connotación religiosa, ni se plantean problemas metafísicos como el de si un animal puede tener alma y disfrutar de la comunión de los santos. Ahora solo tenemos, pero no es poco, el agradecimiento sincero de un hombre a su amigo el perro. Algo tan sencillo como bonito.