La importancia de tener un perro

Se cuenta de un señor madrileño, de avanzada edad, que vivía en el Paseo de la Castellana con una cuidadora y recibía las frecuentes visitas de su hijo, nuera y nietos que vivían en la acera de enfrente, a unos ciento cincuenta metros de distancia en línea recta. Pues bien, el confinamiento levantó un muro invisible pero insalvable entre ambas viviendas y sus moradores, incluido un nuevo vástago como biznieto.

La cosa no tenía remedio, so pena de exponerse a una multa, con incorporación o no de bronca, por parte del correspondiente agente de la policía municipal. La pandemia se llevaba por delante a casi un millar de personas por día, de modo que cualquier exceso del funcionario público estaría totalmente justificado por la gravedad de la situación. Todo hasta aquí podría considerarse dentro de un orden.

Pero de la experiencia se aprende y se sacan lecciones. Y es que durante la primera fase del confinamiento no habría habido problemas para verse si unos y otros hubieran tenido un perrito. Entonces, disfrutando de una especie de privilegio canino o animalista, no habría habido barreras. Los perritos saldrían dos o tres veces al día para hacer pis y quizás algo más en la calle. De paso, – entiéndase bien, de paso- porque lo principal es la mascota, el abuelito y sus familiares podrían eludir perfectamente la reclusión establecida para la población en general. Se diría que ensuciar las plazas y las calles con miles de litros de meadas de perro es un servicio público de excepcional importancia.

El españolito que tema, no sin razón, un nuevo confinamiento hará bien en comprarse un perrito que le saque de casa para proceder, la mascota y no su dueño, a aliviar la vejiga. Y es que, como escribía el filósofo sobre los seres humanos, no somos nadie.