La solidaridad generacional en entredicho

Se multiplican las aglomeraciones de gentes que ni usan mascarillas ni guardan la distancia social (o sea, física o de seguridad) establecida para esta fase hacia la nueva normalidad (sea lo que sea). Las conocemos por los medios de comunicación pero no se reprimen como sería necesario. Cuando se declaró el estado de alarma, hasta el ejército colaboró con las policías estatal, autonómicas o locales para garantizar el confinamiento. No olvidaremos fácilmente aquellas apariciones compartidas de responsables sanitarios y mandos militares o de la guardia civil con sus uniformes y condecoraciones.

Hoy, yo creo que acertadamente, nos hemos quedado solo con el Ministro de Sanidad y el experto doctor Simón. A veces entendemos lo que nos dicen y a veces no, porque es complicado explicar lo que ocurre o porque los datos disponibles son incompletos o contradictorios. Sin tests generalizados mal cabe calcular el número de infectados, y los cambios de opinión sobre el uso, obligatorio o no, de las mascarillas tampoco ayudan mucho a ganarse la confianza del personal.

Pero lo cierto es que actualmente, con los militares en los cuarteles, como debe ser mientras que no se ordene otra cosa, y con una policía más relajada, parece que ni las recomendaciones ni los mandatos ni el temor a las multas sirven para mucho. Y es de suponer que menos aún según avance el verano. De otro lado, todos sabemos tanto los equilibrios que hay que hacer entre los riesgos de la pandemia y la necesidad imperiosa de que la economía nacional no se desplome por completo, como que los confinamientos a medias poco resuelven.

Lamentable es que en este escenario haya una circunstancia que se repite en los comportamientos asociales de nuevo cuño. Aunque el más doloroso impacto de la pandemia estuviera en las residencias de ancianos, la sensación de peligro se había extendido por toda la población con independencia de su edad. Hoy, por el contrario, la gente joven sabe también que su personal riesgo de morir por el coronavirus no es mayor que el de montar en moto. Resulta que la pandemia afecta casi exclusivamente a los abuelitos, por lo que la tan traída y llevada solidaridad, supuestamente una de nuestras grandes virtudes, se desvanece como un espejismo. Aunque tengas un viejecito en casa.