Presos en la calle

Cansado estoy de denunciar el para mi principal defecto de nuestro sistema penitenciario, denominado pedantemente en nuestra Ley Orgánica General Penitenciaria como “sistema de individualización científica”. Las razón es que, más o menos como sucedía anteriormente, los tribunales ignoran lo que ocurrirá con las penas impuestas. El contenido aflictivo de una pena de prisión no depende solo de su duración sino también de las circunstancias en que se cumpla. No es lo mismo un régimen cerrado que otro abierto o que la tradicional libertad condicional (ahora sustituida por la suspensión de la ejecución del resto de la pena).

El régimen se corresponde con la clasificación del reo en un grado u otro. Cuando la progresión de grado dependía únicamente del trascurso del tiempo y de la conducta del penado, su futuro era perfectamente previsible dentro de aquellas coordenadas. Hoy, sin embargo, la ecuación incluye una nueva variable puesto que las penas privativas de libertad se orientan hacia la reeducación y la reinserción del condenado. Esa finalidad, recogida en el artículo 25.2 de nuestra Constitución, no hace sino asumir un principio de amplia implantación en los países occidentales.

La cuestión se reduce por lo tanto a la importancia que deba darse a ese factor en el cumplimiento de la condena. Algunos juristas llegaron a sostener que dicha reinserción sería el alfa y omega de la pena, obviando cualquiera otra finalidad de la misma (prevención general y prevención especial ), así como todo componente retributivo. Han sido precisos varios pronunciamientos del Tribunal Constitucional para dejar constancia de que el fin resocializador no excluye la concepción de la pena como un castigo cuya ejecución no se halla solamente condicionada por aquel mandato constitucional .

Pero siendo esto así, como lo es, la LOGPJ permite que incluso los delincuentes condenados a largas penas de prisión por sus gravísimos delitos sean clasificados en tercer grado, con el consiguiente régimen abierto o de semilibertad, sin estrictos y generalizados requisitos temporales. Además, con la ayuda del reglamento y la práctica, ese régimen puede consistir en ir sólo a dormir algún día de la semana al establecimiento penitenciario. Una curiosa modalidad de reinserción social a través del sueño. Mantener entonces que se está cumpliendo una pena de prisión es una verdad a medias, por decirlo suavemente

Si a los clasificados en tercer grado se suman los que dentro del segundo disfrutan de las salidas continuadas que el vigente Reglamento de 1996 prevé, resulta difícil saber el número de penados que pasan más tiempo en libertad que en prisión. Súmense a tal relación los penados en libertad condicional o ejecución penal suspendida y se comprenderá lo poco que significan los datos comparativos entre las poblaciones reclusas (teóricamente reclusas) en España y otros países.

La concesión del tercer grado a destacados cabecillas del procés será escandalosa para la opinión pública pero no carecería de base legal.