Los ascensores y el coronavirus

El coronavirus no es el cólera pero sí la más preocupante pandemia de la humanidad en este último siglo. Primero, por hacer honor a su etimología – pan, todos – al haberse extendido por los cinco continentes al socaire de una globalización para la que no existen distancias ni cronómetros. Segundo, porque durante tres meses largos hemos desayunado, comido y cenado con el supuesto número de fallecidos, infectados o curados en España y en buena parte del extranjero. Tercero, porque en mayor o menor grado nos cogió desprevenidos, no ya en países del tercer mundo, sino también en los más ricos y desarrollados, sin respetar siquiera al que se vanagloriaba de estar a la cabeza de todos ellos en sanidad pública . Y cuarto, porque el confinamiento, aunque fuera una de las pocas medidas a nuestro alcance, dividió familias y hasta propició encuentros en los límites provinciales o autonómicos. Unos a un lado de la invisible frontera, y otros al otro, so pena de ser multados por la autoridad competente.

Y así podríamos seguir, perdiendo el tiempo, puesto que el lector no necesita que le refresquen la memoria. Al contrario, lo que quiere es reponerse de lo pasado estos meses e intentar olvidar el desamparo, la soledad y , en cierto modo, la clandestinidad con que durante algún tiempo miles y miles de nuestros mayores nos dejaron para siempre. Es decir, esos abuelos que, según repetimos machaconamente, se lo merecían todo, menos acabar así. Algunos dicen que siempre estuvieron tan bien atendidos como las circunstancias permitían. La fuerza mayor da para mucho.

Como carecemos de vacuna y tratamiento para la nueva enfermedad, hemos recurrido a la separación física que evite posibles contagios. Reclusión domiciliaria, mascarillas- desde que las hubo- y separación de un metro y media entre persona y persona. Es lo que ciertos renovadores del lenguaje denominan distancia social por razones que se me escapan. Lo de darse el codo en lugar de la mano parece que no ha tenido demasiado éxito, quizá porque sería un meritorio ejercicio circense hacerlo respetando la tan repetida distancia.

Con todos los canales de televisión y emisoras de radio dándole vueltas al coronavirus como tema estelar a cualquier hora del día y de la noche, sorprende el silencio guardado alrededor del ascensor, un habitáculo que, no instalado sólo en edificios públicos, suele subir y bajar continuamente ocupado por varias personas que se tocan físicamente, o casi. En España tenemos algunos de los hoteles más altos de Europa. Y aquí, me temo, o nos olvidamos del contagio o habrá que prohibir el hasta ahora uso normal de ese nido de aerosoles procedentes de medio mundo. Sé que el problema tiene difícil solución, lo que puede explicar el acabar mirando para otro lado. Pero los riesgos crecerán con el turismo veraniego. ¿Se prohibirán los ascensos y descensos de más de una persona al mismo tiempo (o de dos o tres)? . Y si fuera así, ¿quién cuidará de que la nueva regulación no quede en papel mojado?.