Los golpes de estado

Según un dicho muy conocido, la mejor forma de que aparezca el demonio es pintarlo en la pared, sean cuales fueren las razones del dibujo. Además, las escopetas -segunda enseñanza- las carga el diablo. No hay que jurar por Dios en vano ni hay que hablar de golpes de estado sin pensárselo antes muy seriamente. Y si se le atribuye al adversario político su deseo de intentarlo, aunque afortunadamente le falten las agallas necesarias para ello, peor que peor. Hay generaciones de españoles para los el golpe de estado es algo exótico, como las pugnas por el poder en países lejanos o la erupción de un volcán en el Pacífico. A otros, sin embargo, la mera mención del golpe de estado nos retrotrae a tiempos pasados aquí, en España, con la muerte, la sangre, la injusticia y la miseria como sus más fieles acompañantes.

Yo no recuerdo siquiera que el temor a un golpe de estado estuviera muy presente, si es que llegó a estarlo, durante nuestra transición democrática. Al menos, no trascendió de las altas negociaciones políticas hasta una ciudadanía que sólo quería un gran acuerdo nacional para encarrilar democráticamente su futuro. Y no olvidemos que los golpes de estado también pueden darse desde dentro, como demostró Adolfo Hitler en Alemania. Verdad es que en 1981 tuvimos un 23 F, pero creemos que desde entonces ha llovido tanto como para atribuir a la intentona del general Armada y el teniente coronel Tejero – en el orden que el lector prefiera- los efectos benéficos de una vacuna.

También se ha hablado mucho últimamente de un golpe de estado en Cataluña pero, por preocupante que sea la desobediencia institucional en aquella Comunidad Autónoma y por muchos contenedores que ardiesen en las calles, todos sabemos que entre las manifestaciones violentas del independentismo radical y el verdadero golpe de estado, con fuerzas armadas detrás, existe bastante diferencia.

En cualquier caso, mi convencimiento de que los golpes de estado en España habían pasado definitivamente a la historia tras el 23-F sigue siendo hoy muy firme, pero quizá ocurra que tengo más memoria histórica y personal de los años 36 e inmediatamente posteriores que buena parte de la población española. No deja de ser curioso cómo suelen ser personas de cierta edad quienes, al margen de su ideología, lamentan o lamentamos públicamente esta deriva de nuestro debate político, cada vez más impregnado de improperios, animadversión hacía quien no comparte nuestros principios y grescas parlamentarias con ribetes del tercer mundo.

Pienso que la inmensa mayoría de los españoles coincidimos en que así no se contribuye precisamente a nuestra convivencia pacífica. Todo cuidado en esta materia será poco. No es verdad que una manada de lobos nos aceche con el propósito de devorarnos en cuanto las circunstancias lo permitan. Con estas cosas, como con las del comer, lo mejor es no jugar ni en serio ni en broma.