Otra vez los ancianos

Sigue, aunque con menor número de víctimas, la pandemia del coronavirus o como quiera que ahora se llame. Y los abuelitos seguimos también a la espera de que se nos den explicaciones sobre lo ocurrido, se exijan responsabilidades y se nos tenga en cuenta a la hora de “desescalar” de  una fase a otra, con o sin situaciones intermedias  y flexibles que pueden cambiar en unas horas. Si no se nos informa cumplidamente, los bulos  más disparatados se convertirán en certezas.

Como anciano que soy, me gustaría saber cuántos de nuestros mayores, en residencias o geriátricos, murieron sin atención médica alguna y en la soledad más absoluta al comienzo de la pandemia. La prensa ha dado cifras terribles de millares de esos viejecitos que no lvidaremos nunca pero que ya hemos dejado definitivamente atrás. También hemos leído que un altísimo porcentaje de los fallecidos por la pandemia fueron personas de más de 70 años.

Hasta se cuenta, sin que nadie lo haya desmentido, que los primeros días a las llamadas de los viejecitos o de sus familiares, en su casa, o de sus celadores en las residencias, se les contestaba diciendo que había que reservar los remedios sanitarios para los pacientes con más posibilidades de curación. Total, que lo mejor era renunciar a los traslados y dar al  enfermo alguna pastilla de paracetamol.

Visto lo anterior, quizás no sea excesivo interesarse por lo sucedido  en cada caso. Nada hay más repugnante que hacer negocio con personas tan vulnerables. En ocasiones no reciben siquiera la visita de unos familiares que se limitan a pagar los gastos, sean los no muy elevados en cualquier pequeño municipio, sean los correspondientes al madrileño barrio de Salamanca. Así, como la otra cara de una misma moneda, quedarán libres de toda sospecha los muchos honrados regentes o titulares, la mayoría, que vieron en sus establecimientos algo más que una empresa con ánimo de lucro.

Pero luego llegaron  el confinamiento y sus sucesivas excepciones. La primera de éstas fue para  los perros y sus dueños, porque al parecer ni unos ni otros podrían traer el virus a casa e infectar al abuelito. Después de cierto tiempo la preocupación se extendió a los niños. Más tarde a los adultos en general. Hasta que un buen día, tras muchas semanas de confinamiento, se estableció un horario para que los mayores de 70 años y asimilados pudieran hacer deporte o pasear. Se olvidaron de los abuelitos que no suelen hacer deporte y de los que no pueden andar más de unos metros hasta el banco de la acera para leer el periódico, tomar el sol o respirar al aire libre.

Ya veremos si se nos permite disfrutar de la playa, en una tumbona o sobre una toalla, sin la obligación de dar saltitos en la orilla para que el guarda de turno no nos llame la atención y nos proponga una multa por ser un peligro público.

Otro día hablaremos de los ascensores, pequeños habitáculos donde se acumulan los aerosoles o virus de sus innumerables usuarios. Puesto que será difícil guardar la distancia “social” de dos metros, parece inevitable reducir su cabida a una sola persona por subida o bajada. Algo absurdo en los hoteles de decenas de pisos o edificios con muchos apartamentos. Esperemos que los expertos nos asesoren debidamente sobre tan problemática materia.