El desescalamiento, la distancia social y otras novedades lingüísticas

Al menos en España ya no se habla mucho del “spanglish”, tan extendido en la marina mercante  y, me imagino, con esa u otra denominación, entre los millones de hispanoamericanos llegados a Estados Unidos desde otro mundo cultural y lingüístico. El francés, antes superior al inglés en algunos ámbitos como la diplomacia y la moda, parece haber reducido su posición dominante  a los perfumes y a la alta costura.

En cuanto al español atañe, sus innovaciones de los últimos años tienen cuatro fuentes fácilmente identificables: El inglés (pasado generalmente por los Estados Unidos), una deriva poca afortunada del movimiento feminista ( muy respetable en sí mismo), el deseo de despertar admiración por unos extraordinarios conocimientos gramaticales  y literarios de los que en la mayoría de los casos se carece, y una pedantería sin matices. No se excluye tampoco la concurrencia de causas, lo que daría para más de una tesis doctoral.

Yo, con bastantes años a la espalda, he sido un lector infatigable, como se solía decir, casi  un adicto a los libros toda mi vida, desde antes de tener uso de razón. Hoy poca gente dedica tantas horas a la letra impresa,  pero esos excesos, si lo fueran, no serían comparables a los que ofrece el abuso del móvil como regalo del hada madrina a pie de cuna.

Quiero decir que no hace mucho  que me tropecé por primera vez con la palabra “oxímoron”, con inesperado acento en la ”í”, pese a estar recogida en el Diccionario de la Real Academia . Durante cierto  tiempo fue imposible leer un diario sin encontrarse con tal sustantivo. Y otro ejemplo sería el del verbo “empoderar”, antes escasamente usado pero hoy muy frecuente en su segunda acepción como “hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”. Los grupos sociales de la Real Academia son los “colectivos”, otro vocablo muy al gusto de los nuevos tiempos. De las “miembras” y “jóvenas” es mejor olvidarse piadosamente. Y reconozco que algunas expresiones como las “soluciones habitacionales” de no sé qué ministra no me suenan mal aunque tengan un aire de culteranismo barato.

Los ejemplos llenarían la columna, de modo que procede centrarse en las manifestaciones de más palpitante actualidad. Perdón por lo de “palpitante actualidad”, pero esa expresión está en nuestro  ADN  como las de “hacer planes de futuro” o “subir arriba”. Así, enlazando con el último ejemplo, resulta que ahora seguimos subiendo a la montaña o escalándola y después descendemos o bajamos de ella, pero nunca la “desescalaremos”, pues primero,  ese verbo no se encuentra en el diccionario de la Real Academia y segundo porque no nos hacía ninguna falta.

Otros símiles nacidos al calor de la pandemia del COVID-19 son asimismo tan alambicados como desafortunados. Si la curva ascendente de fallecidos, de infectados o de lo que sea, se aplana en su punto más elevado, quiere decirse que no hay descenso alguno sino una especie de meseta a la altura alcanzada. Evidentemente, no es eso lo que quieren transmitirnos nuestros informantes. Celebraríamos que estas novedades en los vocablos o expresiones fueran simples ocurrencias de corto recorrido, pero su número empieza a ser preocupante.

Y para terminar, o casi, unas palabras sobre la “distancia social”. Si, ya sé que aparece en algunos textos internacionales, pero carece de sentido cuando nos referimos a una distancia física que no precisa de adjetivación alguna. La distancia social sería otra cosa, por ejemplo, la existente entre ricos y pobres, algo que aquí no viene al caso, y naturalmente, a diferencia de la distancia a secas, no se mide en metros.

Tampoco el futuro se presenta mejor. Ahí están la no muy bella palabra “cogobernanza” y el ingenioso anglicismo “resetear” . Se puede “resetear la cogobernanza”, algo que el pobre de Cervantes ignoraba.