Apunte sobre China

La Ciudad de Wuhan, centro de la epidemia del coronavirus, cuenta con once millones de habitantes, casi el cuádruple de Madrid, pero seguramente ni aparece en nuestros libros de geografía ni la inmensa mayoría de los habitantes de la capital de España habrá oído o leído nunca su nombre. Y es probable que la información en el resto de Europa, la vieja Europa o la Unión Europea, no sea mucho más amplia. Reconocemos – ¿cómo no? – que las cosas están cambiando mucho en aquella lejana República Popular, pero seguimos pensando que nuestros ombligos son los más redondos del mundo.

Confiemos en que la hilo de este episodio, con una profusión poco común de reportajes gráficos de primera mano, actualicemos nuestro conocimiento sobre lo que la nueva China significa y, sobre todo, significará, como primera potencia mundial en muchos aspectos. Aunque es cierto que la defensa de los derechos humanos no se encuentra precisamente entre sus prioridades, debe reconocerse que la frase “primero vivir y después filosofar “ tiene una proyección universal y que el progreso material de China arranca desde la pobreza absoluta, cuando, dicho sea de paso, aquellos derechos fundamentales no eran más respetados que hoy.

Wuhan es, por lo que hemos visto, una ciudad bien proyectada y construida, con buenos edificios, calles y servicios. Y resulta que los chinos – ya no los chinitos de nuestras huchas del Domund y de nuestros chistes – son capaces de levantar en pocas semanas hospitales con miles de camas para combatir la enfermedad. Habíamos aceptado como un dogma aquella falacia de que sólo un régimen democrático de corte occidental garantizaba el verdadero desarrollo económico de una nación, olvidando por ejemplo los primeros años del nacionalsocialismo y el poderío técnico y científico de la Unión Soviética.

Si a la tendencia ascendente de China continúa así, y nada apunta a un cambio de ciclo, podría ser que Europa fuera transformándose poco a poco en una especie de parque temático para solaz de los turistas chinos y de otros países orientales.

Siempre he sentido una especial simpatía por los chinos, quizá como reacción contra su habitual caricatura en estas tierras, pero también, y tal vez en primer término, porque la memoria histórica europea encierra el vergonzoso capítulo de las guerras del opio. Inglaterra, auxiliada por Francia y Alemania, humilló militarmente a China porque ésta se oponía a que los occidentales hicieran allí su gran negocio vendiendo el opio traído de la India. Narcotráfico puro y duro. Por cierto, la derrota china incluyó la pérdida de Hong Kong durante ciento cincuenta años a favor de los ingleses.