Se acabó la Cumbre

Hace poco confesé en esta misma columna mis escasas esperanzas de que la madrileña Cumbre del Clima sirviera para mucho. Yo me inclino a pensar que, efectivamente la actividad del hombre está generando un cambio climático, pero no por la autoridad de una muchachita sueca que, con el ceño fruncido, pontifica urbi e orbe, sino a pesar de poder coincidir con ella en la importancia del fenómeno. Dice el saber popular que hay personas con la que es mejor no juntarse ni para cobrar una herencia. Pues eso.

Supongo que Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, así como los presidentes de India y Brasil, los países que más polucionan, no necesitan las conclusiones de estos cónclaves para informarse sobre lo que de verdad haya en el cambio climático. Y, claro está, si no tuvieran que considerar muy numerosos factores económicos y sociales, ya habrían tomado medidas como la limitación drásticas del consumo de energías no renovables, con la reducción del tráfico aéreo, del uso del automóvil, y de los grandes cruceros marítimos como primer paso. En paralelo, descendería notablemente el número de empresas y trabajadores en actividades contaminantes, pero otros les pagarían el subsidio de paro. Y así sucesivamente, un problema detrás de otro.

Y es que, conviene repetirlo una y otra vez, una cosa es el predicar y otra es dar trigo, o sea, elaborar un programa para que los remedios no sean peores que la enfermedad. Pues bien, estos congresos ecuménicos, a los que acuden, supongo que con gastos pagados, hasta representantes de los más minúsculos países del planeta, mal conseguirán facilitar las decisiones de los dirigentes políticos de aquellas grandes potencias llamadas, de verdad, a buscar soluciones realistas.

Interesante sería conocer, de otro lado, algún estudio serio sobre el negativo impacto medioambiental de eventos como el de nuestra Cumbre del Clima para poder compararlo con sus resultados. Viajes en avión (no todos en clase turista), automóviles (no todos de baja cilindrada), gastos energéticos diversos, directos e indirectos, en los alojamientos hoteleros (más que en modestas pensiones) y así un largo etcétera.

Por cierto, el que un catamarán sea una embarcación con dos cascos paralelos no significa que no tenga motor. También, puestos a reducir la emisión de gases invernadero, quizá la susodicha Greta hubiera podido encontrar alguna plaza en los vuelos desde América a Europa que no vinieron completos durante sus semanas de tribulación en el Atlántico. Pero la gran protagonista del evento hubiera perdido una buena dosis de teatralidad. En perjuicio propio y de sus seguidores.