La Cumbre del Cambio Climático

Vaya un si a la Cumbre del Cambio Climático, pero con bastantes reservas y una cierta dosis de escepticismo. Por de pronto, uno puede ser creyente sin necesidad de elevar sus creencias a artículo de fe, y menos aún de calificar a los negacionistas como fanáticos que niegan la evidencia. Hay científicos muy respetables, entre ellos algunos Premios Nobel, que ni comparten ese temor a una catástrofe casi inminente, ni atribuyen el cambio climático, si existiera realmente el fenómeno, a la acción humana por la excesiva emisión de gases invernadero, poluciones diversas y otras causas similares.

Pero es que, admitida la perentoriedad de modificar muchos de nuestros comportamientos en materias tan sensibles como la producción de energía eléctrica, la movilidad y el abuso de materiales difícilmente reciclables , como el plástico, pienso que los términos del debate, al igual que su solución, no dependen significativamente de estos congresos. Los gobiernos de las grandes potencias, como China, Estados Unidos, India y Rusia, todos ellos ausentes de la Cumbre, disponen de más datos fiables que los ciudadanos de a pie. Repárese también, en la no irrelevante circunstancia de que los dirigentes de aquellos grandes países han de tener muy en cuenta para su política medioambiental las consecuencias económicas y sociales de sus decisiones.

La pregunta no es tanto la existencia misma de un cambio climático originado por el hombre como el sopesar acertadamente los pros y los contras, e incluso la mera posibilidad, de alterar rápida y radicalmente un “progreso” que hasta ahora, y tomado en su conjunto, nos ha llevado a vivir más y mejor que nunca. Un cínico se atrevería a afirmar que, curiosamente, esa línea ascendente corre en paralelo con la mayor polución atmosférica.

Si de la consideración del problema en general descendemos a la Cumbre madrileña, tampoco faltan razones para los sentimientos encontrados. Buenos son estos foros, aunque tengan algo de propaganda política subvencionada, pero más se dedican a condenar el mal que a proponer remedios factibles para combatirlo. Parece que lo segundo no es el punto fuerte de estas reuniones internacionales. Como en el chiste del labriego vasco, “todos estamos con el párroco en contra del pecado”, pero luego nos faltan la penitencia y el propósito de enmienda.

¿Cuántos de los asistentes habrán venido en avión? ¿Cuántos habrán optado por el coche eléctrico solo para guardar las formas un par de días? ¿Por qué se olvida que la propia energía eléctrica de estos coches se produce, aunque sea lejos de las grandes urbes, a partir de otras fuentes no siempre renovables? ¿Y el destino final de sus baterías?.

Me alegro por las ganancias de hoteleros y restauradores, entre otros, pero albergo mis dudas respecto a los efectivos resultados de la Cumbre. De la joven sueca Greta Thunberg y su catamarán prefiero no hablar mucho. Baste decir que, en mi opinión, estos oráculos de ceño fruncido y ciencia infusa pueden no ser lo mejor para una buena causa.