Una esquela con perritos

Las ciencias adelantan que es una barbaridad. O así se decía antes, cuando las ciencias iban más despacio que ahora. Actualmente, sin embargo, el progreso de las ciencias no es nada comparado con el de algunos de los muchos “ismos” que hoy proliferan como las setas después de la lluvia. Valgan, por ejemplo, el veganismo y el animalismo. Ambos tienen, naturalmente, un núcleo respetable, pero luego vienen los excesos caricaturescos. Dejando el veganismo para otra ocasión, hablaremos de la para mí última estupidez, con perdón, del animalismo en su versión canina.

Uno admite gustosamente que los animales no son cosas, sino seres sintientes, como se pretende recoger en el Código Civil, y propugna como el primero el castigo de todo maltrato. Puede, sin embargo, que quizás pensemos más en nuestras mascotas y en su especial relación con el hombre, que en los animales valorados por sí mismos. Una rata no siente menos que un gatito, aunque la primera nos repugne, carezca de propietario y, consiguientemente, de afectos.

Un buen día, una norma autonómica o similar sobre protección de los animales, ya se refirió a los perros y las perras, y a los gatos y las gatas, evitando así el masculino en plural de nuestros machistas ancestros. De tal ocurrencia nos ocupamos hace algún tiempo en esta misma columna. Más recientemente nos hemos enterado, entre el dolor y la estupefacción, de la violación masiva de las gallinas como indefensas ponedoras de huevos.

Pero cuando creíamos haber llegado al “non plus ultra” del dislate tuvimos noticia de algo casi inimaginable pero perfectamente documentado por una esquela publicada en el diario ABC de Madrid. Hemos preferido no hacer pública su fecha, aunque esté a disposición del lector que pregunte por ella. La esquela ruega, como es de rigor, una oración por el alma del fallecido. Lo sorprendente es que la relación de suplicantes, encabezada por su esposa, hijos y otros parientes, se cierra con la coletilla de “y sus fieles perritos”. Es probablemente la primera vez que se documenta en España una inclusión canina en el reino de la muerte y, si me apuran, en la comunión de los santos.

Se me podrá tildar de retrógrado, pero me resisto a dar por buena la inclusión en las esquelas mortuorias del gato Félix, del perro Pluto, del pato Donald o de cualquier mascota junto a los apenados familiares y deudos del fallecido.