El Cementerio Sefardí de Sarajevo

Parte de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV se refugiaron en Turquía, a cuyo impero pertenecía entonces la ahora ciudad bosnia de Sarajevo. Años después, en el siglo XVI, los judíos sefardíes habían encontrado un satisfactorio medio de vida en el comercio de dicha población. Hoy, como escribe el serbocroata premio Nobel Ivo Andrić, en su relato “Sobre el cementerio judío de Sarajevo”, pocos recuerdos nos quedan de aquella cultura más allá de su particular camposanto en una ladera por encima del río Miljacka. Las inscripciones en la lengua hispanosefardí acabaron cediendo el paso a la serbia, pero aún pueden leerse algunas que dan testimonio de aquellos orígenes.

Grabado en letras doradas sobre mármol negro puede leerse que el finado era “un ombre preado de entelgente”, como correspondía a su condición de “Vicepresidente de la Komidat, Presidente de Sojedades” y “lavrador publico dija i tarde”.

En la tumba de una madre se la describe como “Madre que non conoce otra justicia que el perdon ni mas ley que el amor”. Muy cerca, la doncella Clara Altarac lamenta haber muerto en la flor de su juventud y añade que ahora, en la primavera, la fria tierra “cubriose la vista del patre Sol”. A su lado yace la madre, muerta muy poco después y en cuya lápida puede leerse: “Clara, no llores bija mia, no temes la fosa fria”.

Se repiten, entre otros, los apellidos Calderón, Maestro, Montiljo, Pardo, Pinto, y las mujeres llevan los nombres de Gentila, Luna, Buena y Palomba.

A veces, como señala Ivo Andrić, hay frases que ya no están escritas en la lengua hispanosefardí, pero cuyas resonancias españolas son evidentes. Así cuando se llora la soledad de los muertos con palabras que parecen tomadas de Bécquer.

Acabamos de celebrar las fiestas católicas de Día de Todos Los Santos y Día de Los Difuntos, que han coincidido con el cierre del plazo para la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de quienes fueron víctimas de un fanatismo religioso muy extendido en aquellos tiempos. Sean las anteriores líneas el consabido granito de arena para ayudar a reparar lo irreparable.