Hong Kong

La presencia de Inglaterra en Hong Kong tenía fecha de caducidad. Una gran diferencia con la cesión de Gibraltar por la Corona española de Felipe V a La reina Ana de Gran Bretaña. De ahí que cuando aquel acuerdo temporal llegase a su fin, Hong Kong debiera volver a la soberanía china y, dada la escasa relevancia internacional de Taiwán, a la República Popular China, única China reconocida por la ONU y miembro permanente de su Consejo de Seguridad.

Se explica que, llegado el momento, la población de Hong Kong desease mantener dentro de lo posible sus anteriores logros, sociales y económicos que durante el dominio británico le habían permitido alcanzar un alto nivel de vida en todos los sentidos. Y se entiende también que Pekín procurase facilitar el regreso de Hong Kong a China mediante la política de un solo país con dos sistemas político-económicos distintos, una fórmula que, con los altibajos de rigor, ha funcionado hasta ahora, pero sin conseguir que el equilibrio entre ambos se haya consolidado como una situación estable y definitiva.

Tomando como punto de partida un proyecto de ley que facilitaría las extradiciones desde Hong Kong a esa República Popular China de la que actualmente forma parte, los graves disturbios en la viaje colonia británica se prolongan ya demasiado tiempo y van ganando en intensidad. La policía de Hong Kong, agredida por muchos miles de manifestantes que ondean con frecuencia grandes banderas del Reino Unido, se muestra incapaz de restaurar el orden. Si todo sigue así, algún día no muy lejano se colmará la paciencia de Pekín y su policía o su ejército actuarán como consideren pertinente. Una matanza no sería buena para la imagen del régimen, pero si un precio asumible en último extremo.

Aunque no hay muchas dudas acerca de por dónde van las simpatías del mundo occidental, convendría tener muy presente que la República Popular China es un país soberano y que nadie en su sano juicio arriesgaría un conflicto bélico por el incumplimiento de lo pactado en su día con los ingleses. Las sanciones económicas o comerciales de poco sirven contra una gran potencia, según se ha visto con la anexión de Crimea por parte de Rusia, una violación del derecho internacional a costa de Ucrania incomparablemente más grave que cualquier actuación de Pekín en su espacio soberano. Por cierto, ¿quién se acuerda hoy de nuestros “derechos de pesca” en aguas de Sidi Ifni o del Sahara Occidental?. ¿Ydel Tibet?. ¿Y de Osetia del Norte?

El mejor consejo que puede darse a la población de Hong Kong es que no confíen en el apoyo de Occidente. Lamentamos sus tribulaciones, pero nada serio haríamos para frenar a Pekín.